El partido de tenis que todo el mundo esperaba en los Juegos, apenas existió: Novak Djokovic arrolló a Rafael Nadal en la Philippe Chatrier (6-1 y 6-4), el que fuera feudo (casi) inexpugnable del español durante años.
Fue el trigésimo primer triunfo del serbio ante el español en los cara a cara que han mantenido a lo largo de la historia. Pero el más doloroso. Nadal ganó en veintinueve. El treinta nunca estuvo cerca. Alivia esta contundente victoria las cuentas pendientes en arcilla, en la Phillipe Chatrier, del balcánico, que se quedó con el regusto amargo del partido que perdió hace algo más de dos años, en el Roland Garros del 2022, en la última cita hasta ahora entre ambos y que llevó al balear a la conquista de su último título del Grand Slam.
Estuvo a la altura el público de París, que a lo largo del juego intentó reanimar a una leyenda que ha hecho suya. Ganador catorce veces sobre la arcilla francesa, se resistió el gentío a que Nadal tuviera un final así. Un adiós que llega como algo natural. Pero fue desgarrador por momentos el panorama. Un Nadal sin opción, sin argumentos y sin fuerzas. En manos y al antojo de su mayor rival.
El atisbo de reacción del segundo set, cuando mantuvo el tipo con 4-4, fue un espejismo, una ilusión que dignificó el talante del español siempre de cara al partido, de pie, a pesar de la autoridad que desplegaba con su juego el serbio y las distancias patentes sobre la tierra de París.
Fue un regalo de los Juegos este clásico, un choque que no hace mucho se disputaba para definir un título, una final y que esta vez solo sirvió para acceder a tercera ronda. Lo logró Djokovic con una autoridad que le acerca al objetivo. A ganar el oro olímpico que falta en su palmarés. A formar parte de los elegidos que presumen del ‘golden slam’. De ponerse a la altura de Andre Agassi, Steffi Graf, el propio Nadal y Serena Williams.
Impotente, seguramente diezmado físicamente por la lesión en el abductor de la pierna derecha, Nadal fue, hasta una reacción en la segunda parte del segundo set, una sombra del jugador que en esa misma pista conquistó 14 títulos de Roland Garros que le convirtieron en el rey de la tierra batida.
La decimoquinta victoria olímpica individual de Djokovic, que igualó así el récord de la alemana Steffi Graf desde Seúl 1988 y que deja atrás el cosechado por Federer, con catorce, supuso el adiós del torneo de su máximo rival, al que despidió sin miramientos, sin misericordia.
Nadal aceptó la apuesta también del cuadro de singles y esto le costó. A pesar de su reducido bagaje en 2024 y de que se encontró con molestias en el aductor derecho a las primeras de cambio, antes de empezar la competición y con el dobles que comparte con Carlos Alcaraz como una posibilidad real de podio.
Mientras Nadal exprimía sus recursos para ganar cada punto, Djokovic se desempeñaba con solvencia, con virtudes para elegir. Certero en el saque y tiros a más velocidad a los que llegaba tarde su adversario, mucho más errático, con más fallos.
Djokovic, que firmó el doble de golpes ganadores que el español, jugará ahora contra el vencedor del partido entre el alemán Dominik Koepfer y italiano Matteo Arnaldi.
El balear, una leyenda, un jugador sin parangón, un caso único en Francia, asume su despedida. Se aferra en los Juegos al dobles, junto a Alcaraz. El futuro, su continuador. Es ahí ahora donde espera el podio y las últimas gotas de su aroma en París.