“No entendía por qué era diferente... y descubrí que tengo autismo nivel 1”

Ramón Ernesto Irías, diagnosticado con autismo nivel 1, pinta y es excelencia académica en Intae. Anhela vender sus cuadros para comprar un boleto de avión o ganar una beca que lo lleve a España y ser paleontólogo

“No entendía por qué era diferente... y descubrí que tengo autismo nivel 1”
  • Actualizado: 20 de febrero de 2026 a las 23:59 /
San Pedro Sula, Honduras.

El portón del Instituto Tecnológico en Administración de Empresas (Intae) se abrió aquella tarde como cualquier otro día de clases en San Pedro Sula.

Caminaba unos pasos delante de su madre, con la mochila cargada de cuadernos, alto de estatura, de contextura delgada, serio de personalidad, con la mirada baja y se mordía levemente los labios, un gesto que aparece cuando la ansiedad le aprieta el pecho.

El ruido adentro era leve, diferente a lo de cotidiano, solo se observaba las risas de algunos miembros del personal de seguridad, de mantenimiento y de docentes de la institución. A lo cerca se sentían los pasos de aquel joven, mientras se escuchaba el eco metálico de las puertas que abrían y cerraban.

En una casa de la colonia Céleo González, en el este de en San Pedro Sula, los espacios de su casa no están solitarios, están cubiertos de dibujos y pinturas, de referencias de criaturas prehistóricas, de ojos enormes y colas imposibles, de paisajes que parecen sacados de un mundo anterior al tiempo.

Allí vive Ramón Ernesto Irías Pineda, de 18 años, estudiante del Instae, donde cursa el segundo año de Bachillerato en Informática.

Subiendo las gradas, con muchos sueños e ilusiones, rumbo a su aula de clases. Esta es su rutina diaria durante las tardes.

Ramón pinta dinosaurios como quien escribe una carta al futuro. “Desde pequeño supe que a mí me costaba más que a los demás y descubrí la razón, todo tiene sentido ahora, es por mi autismo nivel 1. Mi forma de aprender es diferente, me considero inteligente a mi estilo y mi mamá me dice que no me compare con los demás porque cada quien es como es”, relató en conversación con LA PRENSA Premium en una de las aulas del segundo nivel del Intae.

"Déjelo", le habían dicho antes a su madre, Julia Irías. "Métalo en una escuela técnica para adultos, será más fácil", pero ella no aceptó. “Es grande de cuerpo, pero es un niño en su inocencia”, repetió después.

“Todo es bonito para él, no ve maldad”, apuntó su mamá a este medio de comunicación. Aquella tarde no soltó su mano hasta el último segundo.

Su proceso ha sido lento, observado con lupa por una madre docente que se convirtió en investigadora de su propio hijo. Hubo psicólogos, terapias y escuelas especiales, hasta que llegó el diagnóstico: autismo nivel 1, una condición del neurodesarrollo que forma parte del Trastorno del Espectro Autista (TEA).

Entre pinturas y dinosaurios, Ramón transforma su imaginación en mundos que otros solo podrían soñar.

No es una enfermedad contagiosa ni una falla moral, es una manera distinta en que el cerebro procesa la información, regula los estímulos y construye las relaciones sociales.

Durante años el autismo fue malinterpretado, antes se hablaba de síndrome de Asperger, pero hoy la ciencia lo integra dentro del espectro reconociendo que no hay un solo tipo de autismo, sino múltiples manifestaciones. Algunas personas necesitan apoyo constante, otras como Ramón son funcionales, pero enfrentan diferentes retos y el suyo no es un problema de inteligencia, es de procesamiento.

Vida en secundaria de un autista

En el Intae, el ingreso no fue inmediato ni sencillo, al inicio se propuso que estudiara solo durante los sábados con adultos, pero la madre volvió a decir no, quería educación formal, aulas reales y compañeros de su edad.

La neurociencia explica que en el autismo puede existir una mayor sensibilidad a estímulos sensoriales como los sonidos, luces, texturas y olores. El cerebro no filtra con la misma facilidad, lo que para otros es fondo, para ellos es protagonista.

Es uno de los estudiantes más destacados en la jornada vespertina del centro educativo.

Por eso el ruido lo abruma, por eso los cambios bruscos lo inquietan y por eso la interacción social que exige interpretar gestos, ironías y dobles sentidos se vuelve un campo minado. A veces se muerde los labios cuando la frustración lo desborda, y antes aleteaba, la interacción social le cuesta, sus compañeros no siempre le hablan y él quisiera conversar más.

Ramón ha sentido esos juicios, ha escuchado comentarios y ha sentido miradas que no entienden su forma literal de ver el mundo, pero también ha sentido el abrazo de docentes que lo animan, otros alumnos que lo acompañan y terapias que reducen su estrés.

Los maestros del Intae lo definen como un joven con dinamismo y deseos de salir adelante pese a sus limitaciones.

Donde otros ven limitación, la ciencia también ha encontrado fortalezas, como pensamiento lógico, memoria focalizada y capacidad de concentración profunda en temas de interés específico.

El cine ha intentado retratar el autismo con distintos matices. En Rain Man, el personaje interpretado por Dustin Hoffman, popularizó la imagen del “sabio” con habilidades extraordinarias y memoria prodigiosa. Décadas después, producciones como The Good Doctor mostraron a un cirujano con autismo enfrentando prejuicios dentro de un hospital, pero la realidad es menos espectacular y más humana.

Es conciente de los obstáculos que enfrenta producto de su condición, pero eso no lo detiene para lograr sus objetivos de vida.

El primer día en el instituto fue un cambio brusco, salones llenos, horarios estrictos y materias exigentes como matemáticas e inglés, sus mayores retos, lo esperaban como muros enormes.

Ramón se sentó sobre el pupitre con la espalda recta, no hablaba mucho, observaba, procesaba, cada palabra del docente pasaba por un filtro interno que trabajaba más despacio, pero con precisión.

“Su aprendizaje es lento, pero seguro, nunca va para atrás, siempre va adelante”, dijo su madre.

Para el Intae su llegada también fue un reto, la inclusión no es solo un concepto en papel, es un ajuste real en el aula, con daptaciones curriculares, acompañamiento permanente y el proyecto de “Maestro sombra” para estudiantes con capacidades diferentes.

$!“No entendía por qué era diferente... y descubrí que tengo autismo nivel 1”
"Mai mayor sueño es que sea un profesional, y no dudo que lo logrará": Julia Irías, madre de estudiante

Ramón no está solo en clase, hay apoyo cuando una instrucción necesita repetirse, hay comprensión cuando el ruido lo abruma y hay estrategias cuando la frustración lo hace morderse los labios.

Desde pequeño, Ramón supo que su forma de aprender era distinta, miraba a sus primos y compañeros avanzar con naturalidad mientras él se quedaba atrás, preguntándose en silencio por qué le costaba tanto entender algunas cosas.

Sus notas ahora hablan con claridad, tiene un promedio de 83%, español está entre sus materias favoritas, Informática sirve como campo de exploración y matemáticas todavía es territorio en conquista para él. Sus maestros reconocen su inteligencia y en el aula no camina solo, forma parte de un proceso de inclusión que el Intae ha fortalecido durante años.

“Es un estudiante brillante”, afirmaron a este rotativo desde el centro educativo, no como consigna motivacional, sino como constatación.

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"No fue fácil al principio, pero hemos logrado que se valo por si solo": Estrella Peña, orientadora del Intae

Estrella Peña, experta en educación especial del instituto, explicó que trabajan con un proyecto llamado “Maestro sombra”, que acompaña a estudiantes con capacidades diferentes. “Ramón es brillante, se le adapta curricularmente en materias complejas, y queremos gestionarle una beca porque tiene habilidades extraordinarias”, declaró.

“Llevamos más de ocho años trabajando con la inclusión escolar y ahora con el proyecto ‘Maestro sombra’ estamos llevando este esfuerzo a otro nivel”, explicó Peña. El proyecto consiste en asignar un docente acompañante a estudiantes con necesidades especiales para garantizar que participen activamente en las clases, adaptando el currículo a aquellas materias que resultan complejas.

Uno de los ejemplos más claros es Ramón, estudiante de excelencia académica Al principio, su madre tenía temor de separarlo y enfrentarlo al mundo escolar, pero con paciencia y seguimiento ha mostrado avances notables.

62

millones

de personas en el mundo estaban en el espectro autista, según un estudio publicado en The Lancet para 2021

“Sus notas son excelentes y es un estudiante que participa activamente en clase. Gracias al ´Maestro sombra´ siempre está acompañado y logramos adaptaciones curriculares que le permiten superar las materias más difíciles”, comentó Peña.

El proyecto no solo se centra en el aprendizaje académico, sino también en la autonomía y el desarrollo social de los estudiantes. Peña aseguró que la colaboración de los docentes ha sido fundamental: “Todos han recibido el reto con responsabilidad y compromiso, se han realizado actualizaciones curriculares y capacitaciones para asegurar que la inclusión sea real y efectiva”.

Ramón es introvertido en su relación social con sus compañeros, como parte de las condiciones derivadas de su autismo.

El proyecto “Maestro Sombra” demuestra que con preparación, voluntad y acompañamiento, la educación inclusiva no solo es posible, sino que transforma vidas y enriquece a toda la comunidad educativa.

La inclusión no es discurso, es práctica diaria, es sentarse junto a él cuando el mundo parece demasiado ruidoso. Durante los recreos, Ramón camina con cautela y su celular, sus compañeros no siempre saben cómo acercarse y él quisiera hablar más, pero la interacción social es un laberinto.

“Quiero que me tengan paciencia, estoy haciendo las cosas a mi manera, y de manera correcta”, añadió. “Hay muchas cosas que me gustaría saber para ser feliz y verme a mí mismo que soy capaz”, comentó el joven, con una voz ligera que a veces se quiebra cuando los nervios lo sorprenden.

A veces se sienta solo, otras veces conversa con uno o dos amigos, observa más de lo que participa y aprende códigos sociales que otros asimilan sin esfuerzo.

Antes, cuando no entendía por qué era diferente, se preguntaba qué hacía mal, algunos primos lo hicieron sentir distinto, pero no era incapacidad, era otra forma de procesar el mundo.

Amor al arte

Si el colegio es reto, el arte es un refugio para él. Ramón estudia los sábados durante tres horas en el Instituto Sampedrano, en la colonia Satélite, donde perfecciona su técnica. Desde pequeño pintaba sin cesar y ahora tarda días en terminar una obra. No dibuja rostros como muchos otros, pinta y crea dinosaurios, fósiles, criaturas que existieron millones de años antes que nosotros.

Se movilizada todos los días en horas del mediodía desde la Céleo González con destino a su colegio, explorando nuevas experiencias.

“Soy amante de las figuras prehistóricas”, dijo, con una sonrisa que ilumina su rostro mientras mira hacia otro ángulo de la entrevista. “Me encanta aprender sobre los primeros animales de la Tierra”, expuso.

"El arte de la pintura me encanta y siento que es mi vocación. Pinto en cualquier momento; me inspira aquello que capta mi atención, lo que muchos pasan por alto", manifestó.

Sus obras cuelgan sobre las paredes de su casa y algunas han sido exhibidas en el colegio para mostrar su talento. Quiere ser paleontólogo y quiere mudarse algún día a Madrid, España, donde vive una tía, y estudiar allá. Anhela vender sus pinturas para comprar un boleto de avión, pero su madre insiste en conservarlas y las guarda como quien protege un tesoro.

Su fascinación por los dinosaurios no es pasajera, es intensa, profunda, casi científica, lee sobre los primeros animales de la Tierra, memoriza datos e imagina excavaciones. “Supongo que mi autismo es lo que me hace tener tanta imaginación”, reflexionó.

Ramón Ernesto, inmerso en un instante de concentración mientras da vida a su pintura.

Su madre, docente de profesión y guerrera por vocación, lo recuerda como un niño que aprendió a leer y escribir hasta los 10 años en un centro educativo de la colonia Fesitranh. Detrás de cada paso de Ramón hay una madre que ha tenido que aprender a soltar. “Al inicio no quería despegarme de él”, admitió. El miedo era constante, quizá por el ruido, las burlas, el rechazo, pero entendió que debía permitirle enfrentarse al mundo.

Cuando su madre supo que era autismo, se convirtió en “mamá azul", tuvo miedo, mucho miedo, pero entendió que debía prepararlo para un día en el que ella no estuviera.

“Quiero que cuando yo ya no esté él pueda defenderse, que pueda enfrentar la vida, que sea profesional y que tenga empleo, es muy inteligente”, afirmó la mamá. "Él siempre ha hablado que quiere ser paleontólogo, es su deseo, pero aún no tengo claro su futuro. Es un apasionado e intenso de la historia, he pensado que su desarrollo está asociado a la biología", apuntó.

Su condición no tiene cura, según dicen los médicos, pero tampoco la necesita para soñar. En un sistema que aún se adapta a la inclusión, él es un espejo de que la diferencia no es incapacidad.

La lucha es colectiva, las autoridades educativas del Intae pidieron al Gobierno más espacios para educadores especiales y más apoyo para una población que aún enfrenta prejuicios.

Durante las tardes estudia Informática, durante las noches escucha música y deja que su mente viaje millones de años atrás. A veces se pregunta por qué antes no entendía ciertas cosas, pero ahora sabe que su cerebro simplemente funciona distinto.

En una ciudad y en un país donde la prisa es constante, él ha aprendido a crear tranquilidad con colores, y en un sistema educativo que aún se adapta a la inclusión, él demuestra que la inteligencia no tiene un solo molde.

Su ilusión también es que tal vez algún día sus pinturas crucen el océano, estudie Paleontología en Madrid y descubra fósiles reales y no solo los que nacen de su imaginación, pero hoy, en una casa común de San Pedro Sula, el joven autista nivel 1 está haciendo algo extraordinario y demostrando que la diferencia no es límite, sino una posibilidad.

Aquel cierre de la tarde, cuando volvió a cruzar el portón del Intae al finalizar nuestra entrevista, Ramón Ernesto se preparaba para regresar a clases. Frente al lente de la cámara, su figura alta y sigilosa proyectaba algo más profundo que un simple inicio de jornada académica.

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Ariel Trigueros
Ariel Trigueros
jerson.trigueros@laprensa.hn

Reportero multimedia e investigador en LA PRENSA. Más de 10 años en medios. Licenciado en Periodismo (UNAH), máster en Comunicación (UEA) y docente universitario.