25/09/2022
09:15 PM

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Especial clases en línea: recreo extendido por alerta de un virus

LA PRENSA documentó, en cinco entregas capitulares, las vivencias del día a día desde casa; maestros, docentes y padres persisten en un homenaje a la educación.

SAN PEDRO SULA, HONDURAS.

Samuel inclina su rostro y repite una oración en inglés que su maestra recita. Este ritual ocurre a diario cuando el reloj marca las 7:00 am. El día ha comenzado. Un día que incluso parece más agotador, pese a que el viaje hacia la escuela ya no existe. Junto a él, su madre Cesia vigila cada detalle en los cuadernos y ahora una nueva herramienta indispensable en la mochila escolar de su hijo: una tableta digital.

Al igual que este pequeño de preparatoria, miles de escolares en Honduras han pasado a convertirse en educandos desde casa. Madres se convirtieron en tutoras permanentes y docentes tuvieron que adaptarse, casi de un día a otro. Ni en el peor de los escenarios los protagonistas imaginaron encontrarse en una realidad como la actual. Tampoco las autoridades de Educación, aunque ahora la promulga sea 'formar para no desistir'.

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'Se le ha hecho díficil. Hasta ahora se le ha hecho muy díficil', relata Cesia, una madre que, a consecuencia de la nueva realidad provocada por la pandemia del covid, ha tenido que solicitar una readecuación en su empleo para poder atender a su hijo. Las horas que dedica a atenderlo y asegurarse de que reciba el aprendizaje son después reubicadas en un horario laboral complejo.

Este infante conoció la presencialidad solo durante una semana, puesto que su primer ingreso coincidió con el auge pandémico. Para Samuel, el receso entre clases es caminar hacia la cocina y responder a las interrogantes de sus familiares. Su abuelo le pregunta si le dejaron tareas. Samuel responde firmemente que sí y su abuelo lo anima con un coloquial 'póngase pilas'.

Quizá, aunque aún indeterminado, un día Samuel cambie el sofá de su casa por los columpios y el patio de la Light & Vision Bilingual School - Las Vegas, vacíos y silenciosos desde hace año y medio. Por ahora, la pantalla de su tableta suple al pizarrón y los gritos costumbristas de los menores en el aula son silenciados con un clic del profesor.

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Su maestra, con paciencia de cirujano, celebra cada gesto correspondido de sus alumnos. Con sus dedos emula el desplazamiento de una serpiente cuando trata de explicar la fonética de la letra 's' en inglés.

Del otro lado de la vereda, que es en realidad una pantalla y un usuario, Briana Quintanilla, también de preparatoria, se sienta en una mesa larga junto a su madre, Karen Machado, y siguen a punto cada indicación de la docente.

'Zoom (aplicación de videollamadas) es una buena herramienta para que los niños tengan contacto con el maestro, pero no es igual', dice Machado, quien después procede a realizar algunos ejercicios físicos junto a su hija, ordenados por la tutora. Es fácil distraerse y no seguir la coreografía. Su madre le pide que disminuya el paso, mientras Briana toma la actividad como una diversión. Incluso esta arista, la física, ha casi desaparecido. En la formación de un escolar, la condición física es esencial. Ahora, desde casa, el descuido en esa área es notorio.

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Tras algunos minutos driblando unas botellas como ejercicio físico, Briana elige divertirse en el patio de su casa. Allí, entre los callejones de la residencia, corre animosa con dos polluelos entre los brazos. También intenta jugar con una frondosa gallina que rehuye al llamado de Briana. Es un recreo inusitado en condiciones normales desde la escuela, pero es una forma de separarse, al menos por un instante, de las actividades académicas. 'Este se llama Flash T-Rex', nos explica Briana, antes de volver a clases.

Letargo

Hace doce meses, los portones de las escuelas, colegios y universidades hondureñas se cerraron indefinidamente. En aquel, ahora lejano, marzo de 2020, se anunciaba un cierre temporal precautorio, sin premonición de lo que ocurriría en los posteriores meses de confinamiento y letargo.

El pánico se diseminó en cada sector de la vida del país. Desde cada rincón del orbe llegaron noticias que avizoraban una catástrofe sanitaria, económica, política y social, que finalmente, sin precedentes, llegó y se extendió dejando más incógnitas que certezas.

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El Gobierno de Honduras llamó a un encierro total. La crisis económica generada en el país a consecuencia del virus no tiene parangón. Miles de empleos se perdieron durante los primeros meses de la pandemia en el país. La tasa de desempleo se duplicó, en comparación a 2019 (10,9%), con 445,000 hondureños desempleados, según el Ministerio de Trabajo.

El sistema educativo de Honduras, endeble, a razón de la falta de cobertura en las regiones más remotas y pobres del país, estuvo sin reacción durante varios meses, en suspensión de actividades, mientras se agudizaba una crisis sanitaria que colapsaba los centros hospitalarios y dejaba a miles de familias sin sustento.

Entre vaivenes, Secretaría de Educación buscó paliativos para contrarrestar la deserción en el sistema nacional. A mediados de 2020, autorizaron a docentes del sistema público y privado a emerger, entre la improvisación, para impartir clases en línea, sin un protocolo uniforme.

La implementación tecnológica en el sistema educativo no tiene asidero en Honduras, especialmente para docentes (más de 60,000 para 2 millones de alumnos del sistema público). De allí que, el auge imprevisto de este concepto, genere múltiples interpretaciones como confusiones en cuanto a educación virtual, en línea, educación a distancia y remota de emergencia.

Clases en línea

La educación en línea se define, según el O bservatorio de Innovación Educativa del Instituto Tecnológico de Monterrey, como aquella en donde los docentes y estudiantes participan, interactúan en un entorno digital.

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Alumnos y tutores utilizan las herramientas que internet proporciona para generar ese contacto académico. Aquí la clave será la unión que el maestro logre adecuar a un grupo de educandos. El tutor juega un papel de acompañamiento, más que el protagónico en el salón de clases, a través de plataformas de videoconferencias como Zoom o Google Meets.

Clases virtuales

En esta modalidad los recursos tecnológicos son obligatorios (computadora, celular, tableta, conexión a internet y uso de plataforma multimedia). La diferencia entre esta y las clases en línea que es que los alumnos y docentes no necesariamente deberán coincidir, sino que el tutor dejará los contenidos alojados en una plataforma, que deberá ser descargada o abordada por los alumnos. Sin embargo, son necesarios los mismos recursos digitales.

Educación a distancia

Este ha existido en Honduras desde la década de los 80’, a través del Instituto Hondureño de Educación por Radio, que combinaba actividades a través de formación radial y la presentación de los contenidos o exámenes presencialmente. En la actualidad, este sistema, que ha graduado a más de 80,000 hondureños, utiliza un sistema fluido, aunque más presencial, a mayores de 18 años y alumnos de escasos recursos. En medio de la pandemia, funciona de la misma manera, a consecuencia de la reducida interacción física que la caracteriza.

Educación remota de emergencia

Este concepto nació a raíz de la crisis mundial en marzo de este año debido a la covid-19. La educación se vio ante una situación de extrema dificultad ya que tuvo que adaptar sus métodos en un plazo muy corto para poder seguir impartiendo clases a todos sus estudiantes. El objetivo principal de este tipo de educación es trasladar los cursos que se habían estado impartiendo presencialmente a un aula remota, virtual, a distancia o en línea. Es decir, cada país y autoridades educativas decidirán si aplicar este sistema, que consiste en la presencialidad rigurosa en el apartado de medidas de bioseguridad.

¿Existen condiciones en Honduras para desarrollarlas?

Navegar por internet suele verse en Honduras como una actividad recurrente y normalizada, incluso como distópica a consecuencia de los perjuicios que el mal uso de esta tecnología ha generado, especialmente, en la juventud hondureña. En el transporte público, centros de trabajo, hogares, mercados, ciudades, universidades y escuelas suele verse a las personas haciendo uso de un teléfono inteligente. Obtener uno de gama baja a media podría rondar los 2,000 lempiras (unos 100 dólares estadounidenses), incluso menos, si este es de segunda mano.

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Esto principalmente en las urbes del país, como la capital Tegucigalpa o San Pedro Sula. En tanto, en los municipios y más en las aldeas, el acceso a este privilegio es limitado. En el campo se vive de la agricultura, deprimida en los últimos años a consecuencia de crisis provocadas por desastres naturales, fenómenos ambientales y desacertadas decisiones estatales.

Solo el 40%
De los hondureños tiene acceso a internet (40 de cada 100), según datos de la Comisión Estatal de Telecomuniciones (Conatel). La crisis económica podría haber acentuado esas cifras durante 2021.
Es Honduras el cuarto posicionado a nivel centroamericano en acceso a internet de su población, solo por delante de Nicaragua (36%) y lejos del puntero Costa Rica (87%). Incluso, El Salvador, con el auge que la administración de Nayib Bukele ha inyectado a la educación salvadoreña, supera a Honduras por más del 20%.

Plantear que, en tanto, suministrar al resto de la población sin acceso solventaría la crisis que ahora atañe al sistema educativo sería impreciso, debido a que, incluso ese 40% no cuenta con el servicio adecuado para atender las necesidades del sistema educativo virtual o en línea, porque la calidad de la conexión es insuficiente.

La velocidad de las redes de conexión fijas y móviles, que proveen, especialmente, compañías de cable y telefonía, oscila entre los 4 y 6 Mbps (megabits por segundo), cuando, expertos recomiendan que se requieren al menos 10 Mbps para no acarrear problemas por conexión y que el servicio sea expedito.

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Obtener internet de banda ancha (mayor conectividad) es posible solo para un poco menos del 5% a nivel nacional. Es decir, que solo 5 familias hondureñas, de 100, poseen una velocidad de internet adecuada y óptima para presentar actividades educativas de la nueva era. La mayoría de las empresas nacionales ofrecen el servicio en paquetes diferenciados: el de 10 Mbps, según conoció este rotativo, ronda entre los 1,000 y 1,200 lempiras, aunque esta cifra varía acorde a la región.

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