Y en la medida que los caudales de los ríos regresan a la normalidad, es más evidente la angustia de quienes ven sus bienes destruidos, la agonía de los que buscan familiares en las zonas que quedaron bajo el agua y el rostro desencajado de los que esperan ayuda para sobrevivir en medio de la devastación que dejó el paso de Eta.
Las imágenes de ayer mostraban todavía gente en techos arropada con sábanas, sobre sus casas anegadas y esperando que lleguen a rescatarlos, y confirmaban la dimensión de la destrucción de cultivos agrícolas, carreteras, puentes y viviendas alcanzadas por las inundaciones a causa de las lluvias que azotaron desde el miércoles, el día que entró Eta en Honduras como tormenta tropical en su devastador paso por Centroamérica. Porque el ciclón también dejó una estela de muerte, deslaves y casas soterradas en países hermanos como Nicaragua y Guatemala.
Junto al rescate y recuento de daños debe llegar la ayuda para los damnificados que necesitan agua, víveres, colchonetas y ropa, urgen de la solidaridad de sus hermanos hondureños, de la sociedad que no puede darles la espalda; aunque estamos pasando días difíciles.
Hay que “abrir nuestros corazones —como cita la Conferencia Episcopal— para ser más generosos con todos los que necesitarán ayuda y asistencia en los próximos días”.
¿Dónde llevar ayuda? Ya hay un listado de sitios y organizaciones que están recibiendo estas contribuciones. Elija la que más confianza le dé, pero no se detenga en su impulso.
El Gobierno y las alcaldías deben duplicar los esfuerzos en las labores de rescate, recuperación de lo perdido y apoyo para los que están sufriendo el mayor impacto, y hacerlo con diligencia, dedicación y sobre todo con transparencia, mientras se hace el recuento de lo perdido y todos actuamos con generosidad.