La dramática coyuntura que nuevamente golpeó a departamentos del litoral norteño y sureño: Gracias a Dios, Islas de la Bahía, Colón, Atlántida, Cortés, y aledaños: Yoro, Olancho, y Choluteca y Valle, respectivamente, con miles de familias desplazadas de sus comunidades, otras aisladas por el colapso de puentes, carreteras y caminos intransitables, viviendas destruidas, careciendo de alimentos, agua potable, vestimenta, requiere, tanto por consideraciones humanitarias como éticas, que los distintos partidos políticos, candidatos, activistas, se abstengan, por decisión propia, de continuar en campañas proselitistas por el resto de este año.
Ya habrá tiempo suficiente al iniciarse 2025 para reanudarlas. Durante esta pausa, si desean expresar su solidaridad con sus semejantes, bienvenida sea: pueden canalizarlas por medio de Copeco o la Cruz Roja, sea con donativos de comestibles y prendas de vestir, que son necesitadas y serán agradecidas por los destinatarios, sin reparar en su filiación y simpatías partidistas.
Ahora es el momento propicio para dar lo mejor de nosotros, nuestros talentos, voluntades, energías, contribuyendo, cada quien en su especialidad y cargo para la recuperación y reinserción de municipios, pueblos y caseríos afectados, con el fin de rehabilitarlos y reintegrarlos tanto a sus lugares de origen como a la dinámica de la producción y productividad.
No más marasmos ni estancamientos, ahora es cuando, acumulando fuerzas y recursos, podemos demostrar a nosotros mismos que somos capaces de tender la mano al prójimo doliente, nuestros hermanos y hermanas, hoy en situación de calamidad. Cuando llegue el momento de reanudar las actividades políticas, sus contenidos y mensajes deberán ser propositivos, no demagógicos, realistas, no fantasiosos, capaces de captar las aspiraciones colectivas de cambio, concretado en paz y democracia.
Ojalá que, finalmente, aprendamos las lecciones que se derivan de los desastres naturales que cíclicamente nos afectan: de continuar explotando irracionalmente los recursos naturales, degradando los ecosistemas, talando bosques, contaminando aguas y suelos, en el afán de lucro inmediato, sin medir las consecuencias devastadoras, la madre naturaleza nos pasará la factura una vez más. Y son los marginados y excluidos los más perjudicados con tal modelo extractivista que continúa vigente e intacto.
De persistir en tales conductas suicidas, tengamos por seguro que la intensidad y frecuencia de los desastres naturales aumentará rápidamente. Ese será el legado que heredará la siguiente generación: un país arrasado, desolado, inhabitable.