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Los amigos de Nicolás Maduro

  • Actualizado: 09 diciembre 2020 /

    Lejos de resolverse, la crisis venezolana se profundiza. El régimen de Nicolás Maduro montó una farsa electoral, con el propósito de copar, aún más, el poder y contar en la Asamblea Nacional con un grupo de seguidores que respalden su gobierno ilegítimo. En 2015, en un proceso transparente, la oposición democrática ocupó la gran mayoría de los escaños, aunque no logró ejercer su autoridad emanada del pueblo venezolano, porque la dictadura organizó una asamblea constituyente que obedeciera, incondicionalmente, al régimen, aunque desoyera la voluntad popular. Igual había pasado años atrás, cuando la alcaldía de Caracas fue ganada por la oposición; Maduro y sus adláteres crearon un gobierno capitalino manejado desde el palacio de Miraflores, para destruir la autonomía de la que gozaba la ciudad.

    En esta ocasión, de nuevo, el mundo civilizado no ha reconocido un proceso viciado desde sus orígenes y que no representa más que el deseo de Maduro de perpetuarse en el poder. La verdadera oposición no participó en las elecciones, y solo algunos partidos minoritarios le hicieron el juego al dictador. No hubo observadores internacionales creíbles, solo algunos adictos al régimen, que fueron invitados para dar algún tinte de legitimidad al circo. Pero ninguna persona seria y responsable estuvo dispuesta a prestarse a semejante aberración.
    Claro, no había terminado el conteo de votos cuando Cuba ya había felicitado al Partido Socialista Unido de Venezuela por su “triunfo rotundo”. Luego vendrán, seguramente, las felicitaciones de China, Rusia, Irán, Turquía o Nicaragua.

    Esos países, amigos todos del régimen venezolano, comparten una característica muy peculiar: desconocen el juego democrático y, por lo mismo, están dispuestos a apoyar a la dictadura madurista como una manera de curarse en salud o de justificar su propia conducta. Hablamos, pues, de la solidaridad de las naciones en las que no hay interés alguno de que su gente decida por sí misma y en las que una persona o un partido se aferran al poder y no están dispuestos a compartirlo con nadie. Son países en los que no hay libertad de expresión, hay persecución y acoso por motivos religiosos, graves violaciones a los derechos humanos, solo por decir algo. De modo que poco les importa el destino de los presos políticos, ni de los millones de exiliados, ni la miseria que agobia a Venezuela; siempre y cuando puedan hacer negocios con Maduro y sus socios. Pobre Venezuela, su sufrimiento continúa.