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A la puerta de casa

  • Actualizado: 20 febrero 2020 /

El fenómeno de las “tragamonedas” abre aún más la puerta al deterioro social.

    San Pedro Sula, Honduras

    Habrá quien nos califique de puritanos y no faltará el que muy astutamente se presente como un gran defensor de la libertad para aprovechar el principio de “dejar hacer, dejar pasar”, que marcó honda huella en la Europa posmonárquica. Sin embargo, otro grave peligro para jóvenes llega a la puerta de casa o de la escuela en populosos barrios con el sello oficial de “autorizado”, sin considerar las graves consecuencias para quienes “pican el anzuelo y quedan atrapados”.

    No falta, por su propio interés, quien justifique el hecho de que aún no hemos identificado, con aquello de “nadie les obliga”. Están allí por su voluntad y con sus recursos, es la justificación tolerante y cómplice de una situación cuyo final puede ser dramático para la persona y una pesada carga para la sociedad.

    Abundarán los que se refieran a otros vicios también con nefastas secuelas, pero el fenómeno de las “tragamonedas” abre aún más la puerta al deterioro social, pues en aquellos lugares de mayor pobreza se coloca el “cebo” con el ilusorio aliciente de ganar.

    El problema económico es evidente, pues hasta dejarán de comer y depositarán en la ranura de la máquina el alimento familiar, pero hay otro problema más grave, la salud mental de quien confía en el juego, calificado de azar, pero que en su sistema el azar está marcado para ilusionar. La adicción conduce a la frustración, un día tras otro, con el deterioro acelerado y progresivo de valores, muy débiles, responsabilidades, labores y obligaciones familiares y sociales.

    Si durante los últimos años se ha debatido la situación y el futuro de la generación conocida como “ni ni” y las exigencias cada vez mayores de los jóvenes del milenio, ya mayores de edad, se agravan los problemas de los niños, a quienes se les coloca más cerca del abismo con el engaño del dinero fácil, sin más esfuerzo que empujar un botón o una tecla, para lo cual, incluso, agarran el dinero en la casa o ajeno, a la espera de que se alineen las frutas u otras figuritas.

    Las municipales tienen la palabra, pues autorizar o permitir la invasión de espacios públicos es abuso de autoridad y por el cual debieran responder y dejar de poner cara de “yo no fui”. Sin embargo, la mayor responsabilidad es de los padres de familia, que deben orientar a sus hijos, sobre todo con el ejemplo, en el trabajo responsable y en el cumplimiento de las tareas personales y familiares. Primero la familia, pero también los maestros han de asumir la tarea de crear conciencia en los niños y jóvenes y así “soñar” en una mejor Honduras.