O jalá todos hagan su agosto en febrero. Los comerciantes, los grandes almacenes, los que venden flores, globos y peluches en los semáforos y en las esquinas. Si el Día de los Enamorados ha de servir para que los hondureños nos queramos un poco más y demos un poco de felicidad a la persona con la que hemos decidido compartir nuestro destino, bienvenida sea la celebración.
La vida cotidiana tiene bastantes sinsabores: problemas económicos, diversas dolencias corporales, dificultades en el trabajo, inseguridad en las calles, padecimientos psíquicos... todo tipo de calamidades y desgracias.
Y, de pronto, en el calendario aparece el 14 de febrero, como un respiro, como una bocanada de aire fresco, como un paréntesis que nos ayuda a olvidar las penas, como una ocasión para dar oportunidad a la alegría que el amor produce, y hay que aprovecharlo.
Eso que llaman amor, y que no es más que desear el bien del otro, como decía don Víctor Frankl, o hacer sentir al otro que es bueno que exista, como señalara el más grande filósofo alemán del siglo XX, Josef Pieper, sigue siendo, en pleno siglo XXI, el motor que mueve a los hombres a las mujeres a trabajar por la persona amada, a sacrificarse por ella, a abandonar la comodidad, a entregarse plenamente, a posponer planes y proyectos personales, a servir de alfombra para que el otro o la otra pisen blando.
El amor, el auténtico, el que no se confunde con la pura emoción, con el simple sentimiento, con la elemental pasión, merece ser celebrado, merece estar en el calendario, merece permanecer en la memoria personal y colectiva.
El amor, al que tanto se han cantado, aunque no siempre se ha comprendido en su dimensión exacta, es el elemento que lubrica la convivencia humana, desde la intimidad del hogar hasta las relaciones interpersonales que se dan fuera de él, sobre todo cuando se manifiesta en ese don divino que se llama amistad.
Claro que no faltan para estas fechas personas cargadas de amargura que fruncen el ceño ante los globos, las guirnaldas rojiblancas, los corazones y los cupidos. Son hombres y mujeres que o no han sabido querer o no se han dejado amar; gente que ha opuesto resistencia ante la noble decisión de compartir la vida, los sueños y el futuro con alguien que pudo haberlos hecho felices; gente que dice poder vivir sin ser querido, gente que debería estar en la consulta de un psiquiatra porque la soledad los mata.
Porque a los que estamos psíquicamente sanos nos encanta que nos quieran y nos dejamos querer sin mayores complicaciones. Que sin amor la vida carece de sentido, es sosa y fea, y no merece la pena vivirla.