No hay día en el que la corrupción y su hermana gemela, la impunidad, no ocupen destacados espacios en los medios de comunicación con el grave riesgo de insensibilizar más a la población hasta llegar al punto en que se pueda aplicar lo de “por un oído entra y por el otro sale” como respuesta al ambiente masoquista en el que tenemos que sobrevivir los hondureños.
Los casos que se precipitan en cascada, rebasan la capacidad de los organismos de investigación sobre los que recaen más directamente las presiones de la sociedad a la espera de resultados finales que son la deducción de responsabilidades y aplicación de la justicia.
Para lograrlo ya es hora de seleccionar, priorizar y encauzar los recursos en aquellos casos calificados de mayor relevancia por la sociedad, no sólo por la magnitud de los actos corruptos, sino por los daños irreparables causados directamente a la población. Enumerarlos sería tedioso, pues son del conocimiento general así como los responsables directos, pese a que desde confortables oficinas se intenta desviar la atención hacia el personal de base, empleados hospitalarios.
El que mucho abarca, poco aprieta, enseña la sabiduría popular, cuya aplicación debiera ser la pauta para contener esta avalancha que arrasa con la credibilidad y confianza en los organismos y autoridades y alimenta la cultura de la sospecha. No es para menos, pues no hay respuestas o, al menos, no las que quiere el pueblo hondureño, como contentación a sus legítimas, legales y justas demandas.
Por ello recientemente un analista político aconsejó seleccionar “tiburones”, no entretenerse con sardinas, para proporcionar alguna compensación a los hondureños, hacer justicia e iniciar el fin de la impunidad en los altos niveles, de manera que si no es por convicción y por principios, por lo menos que el temor al castigo o pena real, con efectos disuasivos, sea barrera para proteger los intereses colectivos.
No estamos aquí bendiciendo unos delitos y satanizando otros, pero también en la corrupción debiera considerarse aquello de la alevosía, la premeditación y la ventaja, tres ingredientes explosivos de los deshonestos, con mayor gravedad los tres cuanto mayor fue la confianza depositada en el funcionario y la frustración colectiva por su comportamiento.
El grave deterioro en el sistema público de salud y el sistemático saqueo en el Instituto Hondureño de Seguridad Social exigen no sólo las correcciones o los ajustes de interventores, sino la deducción de responsabilidades, actividad con la dirección vertical de arriba hacia abajo para que tenga efectos, de lo contrario, los tiburones dominarán a sus anchas los amplios mares de la administración pública para seguir devorando, en total impunidad, cuanto se halle al alcance de sus fauces.