18/12/2025
10:13 PM

Detrás de la defraudación fiscal

    Es un secreto a voces que la defraudación fiscal en Honduras es un cáncer que no sólo corroe la médula económica de nuestro país sino también la moral. Cuando un ciudadano decide no pagar sus impuestos, y así impide que el gobierno ejercite la necesaria justicia distributiva y procure el desarrollo nacional, no sólo está cometiendo un delito sino que está faltando a la ética elemental, puesto que debido a su falta a la justicia legal imposibilita la indispensable solidaridad que debe darse entre los miembros de una comunidad.

    Es evidente que no todos los ciudadanos pueden contribuir de la misma manera al fisco nacional, que no todos tienen la misma capacidad económica para financiar el bien común. Un hombre o una mujer que gana el salario mínimo apenas contribuye con algo de impuesto sobre ventas o con algún tributo municipal al progreso de la patria, aunque, es claro, coopera al bienestar público con su trabajo.

    Por lo anterior es el gran contribuyente el que soporta la carga tributaria más pesada, no sin razón, porque es el que más gana, el que más percibe, el que más debe ayudar a la financiación de la educación, la salud y las obras públicas de la nación. No es injusto, pues, que el que manos gane pegó menos y el que más gane pague más. Lo que sí es injusto, es que el que mayor ganancia percibe, tuerza un informe, falsee un estado de cuentas, esconda sus ganancias y haga un aprovechamiento egoísta de sus bienes. El empresario, pequeño, mediano y grande, deben recordar que los bienes de este mundo no deben ser acaparados, que tienen un destino universal, que sobre los grandes negocios pesa una hipoteca social.

    El problema con la defraudación fiscal no es sólo de la Dirección Ejecutiva de Ingresos, es un problema de todos. Mientras los ciudadanos no seamos conscientes de la grave responsabilidad que pesa sobre cada uno de nosotros respecto a las necesidades de los que menos tienen, si no procuramos crear una cultura tributaria, si no entendemos que no pagar los debidos impuestos es robar, la sociedad entera estará en dificultades.

    En Honduras tenemos la suerte de contar con un sistema de libre empresa, aquí nadie nos obliga a vender o a comprar a precio determinado, aquí no es Venezuela; pero es obvio que el camino por el que vamos tampoco es el mejor. Y no es el mejor en el sentido en que todavía hay demasiados hondureños que ofrecen ventas sin factura y sinvergüenzas que las aceptan; demasiados que quieren ir por la vida de “vivos”, a costa de un prójimo paupérrimo y desesperado.

    Y este es el mayor problema: el egoísmo, la indiferencia. Si esto último no se supera, aquí seguiremos viendo languidecer a una colectividad cada vez más postrada.