En esta ocasión, de nuevo, el mundo civilizado no ha reconocido un proceso viciado desde sus orígenes y que no representa más que el deseo de Maduro de perpetuarse en el poder. La verdadera oposición no participó en las elecciones, y solo algunos partidos minoritarios le hicieron el juego al dictador. No hubo observadores internacionales creíbles, solo algunos adictos al régimen, que fueron invitados para dar algún tinte de legitimidad al circo. Pero ninguna persona seria y responsable estuvo dispuesta a prestarse a semejante aberración.
Claro, no había terminado el conteo de votos cuando Cuba ya había felicitado al Partido Socialista Unido de Venezuela por su “triunfo rotundo”. Luego vendrán, seguramente, las felicitaciones de China, Rusia, Irán, Turquía o Nicaragua.
Esos países, amigos todos del régimen venezolano, comparten una característica muy peculiar: desconocen el juego democrático y, por lo mismo, están dispuestos a apoyar a la dictadura madurista como una manera de curarse en salud o de justificar su propia conducta. Hablamos, pues, de la solidaridad de las naciones en las que no hay interés alguno de que su gente decida por sí misma y en las que una persona o un partido se aferran al poder y no están dispuestos a compartirlo con nadie. Son países en los que no hay libertad de expresión, hay persecución y acoso por motivos religiosos, graves violaciones a los derechos humanos, solo por decir algo. De modo que poco les importa el destino de los presos políticos, ni de los millones de exiliados, ni la miseria que agobia a Venezuela; siempre y cuando puedan hacer negocios con Maduro y sus socios. Pobre Venezuela, su sufrimiento continúa.