Este servidor aún no laboraba en El Diario de Honduras, aquel 17 de octubre de 1970, cuando Roberto Ruiz llegó a la Sala de Redacción con un retazo de cartulina bajo el brazo.
Era su primera caricatura para el Departamento de Deportes en la que un furioso león rugía, atrapado en las redes de una portería asediada por “catedráticos” del Real España.
Fue como una premonición pictórica del novel artista pues, horas después, el equipo local derrotaba al capitalino representado por el león. Cayó al pelo la caricatura.
Con Roberto nos conocimos en Diario Tiempo cuando él ya era un caricaturista consagrado y yo laboraba como gestor de publicidad. Amarramos una sólida amistad con los lazos de nuestras afinidades en común.
Cierta vez que platicamos frente a dos tazas de café, él quedó mirando fijamente un calendario de la cafetería en el que un niño bañaba a un perro, tan grande, que aún sentado el can, tenía la misma estatura del pequeño.
Por ese tiempo el club deportivo Olimpia estaba teniendo una racha tan mala que sus directivos se vieron en la necesidad de contratar a un famoso técnico extranjero para que lo restaurara.
Tras observar, en silencio, por un minuto o más, el grabado del calendario, Roberto se levanta intempestivamente y me pide que regresemos al diario. En cuanto llega a su pequeño estudio comienza a dibujar lo que sería la caricatura del día siguiente.
Con su lápiz mágico convirtió al perro del calendario en un león desgreñado y sucio sobre el cual volaban las moscas, mientras que al niño, lo transformó en el técnico que, jabón y cepillo en mano, trataba de dar nueva imagen al felino.
Gracias a que Ruiz incursionó con su arte en el acontecer internacional, sus trabajos fueron publicados en periódicos como Le Monde de París y el New York Time, y premiados fuera de la Patria.
Es el caso de “La india preñada” en la que el caricaturista presenta al mapa de Latinoamérica en forma de una mujer embarazada, mientras al fondo, sobre el océano, se ven las tres carabelas de los conquistadores que van, satisfechos, de regreso a España.
Ruiz solía pasear su figura vertical por las calles sampedranas, con su camisa arremangada, como listo para atacar, lápiz en ristre, a los políticos mentirosos o a los funcionarios corruptos. En sus dibujos no faltaba el periquito, dando una breve opinión.
De allí proviene el seudónimo del caricaturista. Durante el velatorio, su colega Darío Banegas, nos mostró un voluminoso álbum de caricaturas publicadas por El Periquito. Entre ellas, una copia de la original que éste entregó, de rodillas, al papa Juan Pablo Segundo en San Pedro Sula, en la que el extinto pontífice sostiene en brazos a la catedral. Por un momento imaginé que, desde el catafalco, Roberto escuchaba nuestros elogios mostrando aquella sonrisa que parecía dibujada con su propio lápiz.