19/05/2024
12:00 AM

Venenos que curan

Roger Martínez

No soy de los que acostumbra a “recetar”, como si fuera médico. Hay personas que lo hacen con tanta convicción que se atreven a desdecir a los galenos. Tampoco me gustan esas conversaciones típicas de personas de cierta edad, como la mía, por ejemplo, que termina en una especie de retahíla de dolencias y achaques, con las consiguiente recetas y anécdotas más a menos simpáticas, más o menos deplorables.

No obstante, estoy convencido de que hay venenos que curan; situaciones de vida que nos enfrentan con la realidad y de las que sacamos aprendizajes valiosísimos. Experiencias dolorosas que nos humanizan, que no vuelven menos insensibles o nos recuerdan que dentro de nuestro pecho late un corazón que es más que una bomba para hacer que circule la sangre y que, metafóricamente, ha sido considerado la residencia de nuestros afectos, buenos y malos. Vamos muchas veces por la vida capeándonos del sufrimiento, y este, aunque no nos guste, viene inexorablemente a nuestro encuentro. A nadie, absolutamente a nadie, le faltan duelos, desarraigos, distancias irremediables, pérdidas que duelen, amistades que se distancian, deslealtades y, peor aún, traiciones.

Pero de esta lista necesariamente incompleta de dolores, lo cierto es que también aprendemos. Se ha dicho cientos de veces, por ejemplo, que hay cosas que las valoramos hasta que las perdemos. Y es tan cierto que nos lo deberíamos repetir más a menudo para ver si así lo entendemos. Eso sucede con los padres, con los hermanos, con los amigos, con un trabajo, con la salud, y un largo etcétera. La disciplina impuesta por los padres en un hogar que funcione como tal, rara vez es bien recibida, se ve como algo tóxico por parte de un adolescente en plena crisis de rebeldía. Pero, con los años, que nunca dejan de pasar, se concluye que aquel “veneno” era necesario, indispensable, para no correr peligros innecesarios y evitar nocivos vicios.

Y digo que todas estas situaciones son venenos porque, en su momento, las rechazamos, huimos de ellas, las consideramos una amenaza a nuestra libertad y, por ende, a nuestra felicidad. Sin embargo, así como el crecimiento de los huesos causa malestar o la extirpación de un tumor angustia y sufrimiento, al final, resultan más que positivos.

Porque no hay manera de escapar de la “escuela del dolor”; no ha pasado por esta tierra un hombre o una mujer que no haya soportado algún dolor, físico o moral; y que, una vez ha salido del trance, se reconoce más fuerte, más sensible, más humano.