Marco, un salvadoreño de 11 años de edad, fue uno de los niños separados de sus padres. Cuando hablé con Elena Martínez, su madre, estaba desconsolada. “No hay dolor que se compare a no tener a tus hijos”, me dijo. Llorando me contó cómo salieron huyendo de El Salvador por la violencia. Ella, su esposo y sus dos hijos se entregaron a las autoridades una vez que entraron a Estados Unidos. Pero eso no evitó que los separaran. Su esposo terminó en un centro de detención, su hijo Marco en otro, y ella y el niño más pequeño, de cinco años, fueron dejados en libertad. A ella le pusieron un grillete en el tobillo derecho para que no se escapara.
La crueldad ha sido mayúscula. El gobierno mexicano reportó que una niña, de 10 años de edad y con síndrome de Down, había sido separada de sus padres. No solo eso. El propio gobierno de Trump fue quien difundió las imágenes de los niños dentro de jaulas metálicas en un centro de detención en Texas. Su prepotencia y descuido fue tal que a ningún funcionario gubernamental se le ocurrió que esos videos causarían un escándalo internacional. El gobierno de Trump torturó niños. Y no es exageración.
Naciones Unidas -en el artículo 1 de su Convención contra la Tortura (1984)- define como tortura “cualquier acto que provoca dolor o sufrimiento” y que es aplicado intencionalmente a una persona con el propósito de “castigar por un acto cometido por ella o por una tercera persona.” Y esto es exactamente lo que hizo Trump: castigar a menores de edad por las decisiones que tomaron sus padres. Además, el gobierno estadounidense violó la Convención sobre los Derechos del Niño (tratado que firmó en 1995). En su artículo 9 dice: “un niño no debe ser separado de sus padres en contra de su voluntad…” Entiendo que los padres pueden estar sujetos a un proceso judicial por haber entrado ilegalmente al país. Pero el gobierno de Trump no tenía por qué quitarle a sus hijos.
Hace unos días, en una firma de libros en Houston, una niña de unos 10 años de edad se me acercó, me dio una carta y me pidió que la leyera al terminar el evento. Solo la voy a identificar por sus iniciales, ya que no confío en que este gobierno proteja a los niños. La carta, manuscrita y en español, dice lo siguiente:
“Me llamo K.S. Soy hija de padres salvadoreños, nacida en los Estados Unidos. Me duele lo que dice el presidente Trump de nosotros los hispanos… Quiero que pare de separar familias inocentes. Entiendo su dolor. Porque yo sé que si a mí me separa de mis padres, yo estaría bien triste. A mí me gustaría preguntarle a Donald Trump cómo se sentiría si a él lo separaran de sus hijos. No bien, ¿verdad? El nos debe tratar como él quiere que lo traten a él”.
K.S. tiene razón. Pero me temo que las cosas van a empeorar para los inmigrantes en Estados Unidos. Nunca había visto algo así en mis 35 años en este país. “Es traumante lo que las autoridades le hacen a las familias castigando a los niños de esa forma”, me dijo Elena. Tuvo que pasar más de un mes para que Marco saliera de un centro de detención para menores en California y pudiera reunirse con su madre en Texas.
Estados Unidos tiene una doble imagen. No hay duda que sigue siendo un refugio para los que huyen de la violencia, la pobreza y la falta de oportunidades. Muchos centroamericanos prefieren venir y arriesgarse que quedarse en sus países de origen. Pero poner a niños y a familias en jaulas no es la solución. ¿A quién se le ocurrió semejante abuso? Hay días en que no reconozco a este país.