El proceso electoral del pasado domingo ha sido marcado como el más concurrido en la historia republicana de nuestro país. La demanda del pueblo hondureño por elecciones transparentes fue cumplida por el Consejo Nacional Electoral, y ello trajo como resultado una disputa completamente pacífica y sin violencia política.

Con esta elección se ha roto de manera definitiva el bipartidismo tradicional en nuestro país, y además de ello se eligió a la primera presidente en la historia de Honduras. La participación de los jóvenes y los independientes que ya no se tragan cuentos de polarizaciones del pasado fue determinante para la elección, es interesante observar que el mandato electoral es contundente poniendo a la espalda del futuro Gobierno una altísima responsabilidad.

Lo que ahora debe venir es un proceso de unidad nacional y de transición madura, correcta, y responsable del poder. Es urgente por ejemplo, que el Gobierno saliente adopte junto a la mandataria entrante una estrategia inmediata para afrontar la nueva variante de la covid-19 que amenaza de forma latente.

Esperemos en los próximos días conocer cómo queda conformado el nuevo Congreso Nacional que tendrá la asignación de elegir una nueva Corte Suprema de Justicia, nuevo Fiscal General, nuevo Procurador General de la república, es decir, temas capitales para la institucionalidad y el Estado de derecho.

Sin duda que la visita al país a inicios de la semana anterior de un alto funcionario del gobierno estadounidense fue clave para poner sobre la mesa a todos los actores políticos y económicos de la obligatoriedad de un proceso limpio para no repetir el descarado fraude de las elecciones de 2017 que tanta incertidumbre y violencia trajeron a la sociedad hondureña. Un aplauso y reconocimiento al pueblo hondureño que salió sin miedo y de manera masiva a las urnas, es la certificación que aún con las profundas debilidades se sigue confiando en la democracia como instrumento útil de gobernanza y de estabilidad política para la vida nacional.