Todas las virtudes humanas están, en mayor o menor grado, relacionadas con alguna de las cuatro virtudes cardinales. Sin embargo, pocas lo están como la del respeto. Porque esta virtud es tan importante para la supervivencia de la especie que, sin ella, no hay vida posible, tanto a nivel individual como colectivo. Respetarse y respetar es una exigencia a la que se debe responder pronta y responsablemente, si de verdad deseamos que la convivencia sea posible.

Los ámbitos que abarca la virtud del respeto son múltiples. Van desde la relación que establecemos con el medio, con el ambiente, hasta la que mantenemos con nuestro propio cuerpo. Se ha desarrollado, en las últimas décadas una clara conciencia sobre la importancia capital de velar por el cuidado de la naturaleza. La ecología, una disciplina del saber humano que hoy ocupa un lugar prominente en la vida social y que hasta no hace mucho se desconocía su trascendencia, nos ha mostrado cómo hay una natural interdependencia entre la casi infinita diversidad de seres que habitamos el planeta. Un mayor conocimiento del funcionamiento del cuerpo humano y de qué es lo que lo daña o beneficia ha provocado un notable interés en disciplinas como la nutrición o en otras relacionadas con el bienestar físico de las personas. En el fondo lo que el ser humano se ha visto obligado a buscar es una relación más justa entre él y su entorno, y consigo mismo. Hay, pues, un nexo claro entre respeto y justicia.

La prudencia, la más importante virtud cardinal, nos lleva a reconocer que debemos aprender a tratar a los demás de modo tal que nuestra conducta no vaya a producir, a futuro, incomunicación con ellos, y a saber distinguir qué acciones o qué palabras tienden puentes y no levantan muros entre nosotros y los demás. El irrespeto, la falta de delicadeza en el trato, el insulto, la descalificación, la ironía cáustica o venenosa no son más que imprudencias que dañan la convivencia civilizada a corto, mediano y largo plazo.

Finalmente, hay también un vínculo estrecho entre respeto, fortaleza y templanza. Y esto porque el respeto nos lleva a echar mano, con frecuencia, de nuestra capacidad de autogobierno. El hombre fuerte y templado, la mujer fuerte y templada, no ceden a la tentación de echar sobre los demás su mal humor, su mal carácter, a dejar salir sus conductas más elementales, más básicas, más animales. La persona respetuosa sabe estar en su lugar; se enoja, pero no pierde la compostura; se indigna, pero no ataca de mala manera al adversario.

Estos son asuntos elementales de conducta ética. Ojalá aquellos que los lean los rumien, los digieran y luchen por hacerlos vida.