10/04/2026
06:50 AM

Santa en campaña

Renán Martínez

Cuando en la cúspide de nuestra infancia nos dimos cuenta de que el San Nicolás de carne y hueso no existe se perdió para nosotros la esencia mágica de la Navidad.

Una especie de desencanto me sacudió cuando Toño, el mayor de mis hermanos, reveló que el trompo coyote que me despertó de alegría la mañana de un 25 de diciembre no me lo trajo Santa, sino que lo colocó mi padre sobre la cama, sigilosamente, mientras yo dormía.

Debí suponerlo porque en la casa no había chimenea por donde el alegre personaje pudiese haber entrado, pero mi feliz inocencia encubría una realidad que luego acepté como parte de la celebración.

San Nicolás solamente se conocía en aquellos tiempos por los anuncios gráficos, como aquel en el que aparecía siendo sorprendido, a medianoche, por un niño en pijama, mientras el viejito de larga barba blanca hurtaba una Coca Cola del refrigerador.

Ahora al personaje de nariz acatarrada vestido como candidato liberal en campaña política se le ve por todos lados haciendo proselitismo para ganarse a los niños y los consumidores. Los pequeños saben que no es el real Santa Claus, pero lo adoran como si lo fuera.

La popularidad que fue ganando a través de los años la mítica figura la quisieran para sí muchos políticos criollos, que no han dejado de promocionarse ni en esta temporada dedicada al niño que nació hace 2,024 años en un miserable cobertizo.

La forma de celebrar la Navidad ha ido cambiando. Ahora, San Nicolás puede entrar por la puerta principal de la casa para entregar personalmente los regalos a la familia.

Los pequeños saben que es un hombre común y corriente, tal vez sin empleo, contratado por el padre para que represente al verdadero personaje navideño que existió hace cientos de años en latitudes lejanas y que no puede volar en un trineo jalado por renos en estas tierras sin nieve.

Según el mito, quienes antes traían los regalos eran los reyes magos por haber llevado oro, incienso y mirra al Niño Dios hasta su humilde portal, pero fueron suplantados por el personaje de San Nicolás modificado por los ingleses y los gringos.

Así también ha sido cambiada la costumbre de disfrutar una cena navideña en casa por las francachelas que muchas veces terminan en tragedia.

La noche de paz fue usurpada por la reventancina de potentes cohetes que hace que los perros corran a esconderse bajo la cama y, lo peor, que transforma la alegría de Nochebuena en noches de sufrimiento, en los hospitales, para los niños que llegan con sus dedos amputados.

De aquellas Navidades solo nos está quedando el sano jolgorio del Santa nacionalizado por la tradición. ¿Quién se acuerda del Niño sin abrigo en el rústico pesebre como de tantos niños que hoy no tendrán ni un dulce?