En una ocasión, bajaba a saludar a los niños que les daban su formación catequética todos los fines de semana en la parroquia, al acercarme pude notar que un niño de aproximadamente 7 años no ponía atención a la catequesis, pero lo que más me hizo poner mi atención en él fue cuando la catequista le llamó la atención por estar distrayendo a los demás niños; el niño en cuestión se dirigió a la catequista gritándole y con cierto comportamiento violento.
Transcurridas unas semanas, después de aquel “incidente”, vi que el mismo niño estaba frente a la Iglesia ya cerca de caer la noche. Me dirigí a él y le pregunté: ¿qué haces aquí a esta hora? Y él respondió: es que nadie vino por mí. Entonces le pregunté dónde vivía y me apresté a llevarlo a su casa. El niño vivía muy cerca de la parroquia. Cuando llegamos a su casa -un pequeño apartamento- escuché unos gritos y un llanto, vi que el niño no tenía prisa de entrar a casa y sacó su cuaderno de catequesis y se puso a colorear un dibujo. Entonces le pregunté: ¿no vas a entrar a tu casa?
Él dijo que esperaría a que su papá se fuera. Después de unos breves minutos, un hombre como de unos 30 años salió gritando de aquel apartamento, tiró la puerta y sin saludar, se fue a su auto y lo encendió de forma violenta y aceleró todo lo que pudo y se fue; detrás de él iba una joven quien tendría unos 25 años, quien también gritaba diciéndole toda clase de malas palabras a aquel hombre.
Ella, al reparar que yo estaba ahí, se disculpó de forma brusca y le ordenó a su hijo que “se metiera al cuarto”...esto también lo hizo gritando; curiosamente el niño dijo que tenía hambre y también se lo dijo ¡gritándole!
Aquella joven pareja “hablan” gritándose todo el tiempo, al niño al parecer siempre le gritaban y el niño en su catequesis también gritaba. Habrá que dar una atención especial a este niño y enseñarle que las cosas no se resuelven gritando sino dialogando y que el hecho que en su casa le griten no significa que él deba ser irrespetuoso y gritarle a las demás personas.
Muchas veces en nuestra infancia vivimos experiencias traumáticas y muchas de ellas van provocando ciertas heridas en nosotros; todos en más de algún momento hemos sido heridos por alguien, pero es necesario que podamos tomar consciencia de nuestras propias heridas y tratarlas a tiempo, para no ir por la vida, con la herida abierta y derramando nuestra sangre por donde vamos pasando. Solo quien tenga el valor de tratar sus propias heridas, podrá ayudar a sanar las de los otros.
