Qué sería de nosotros si no contáramos con un espacio como lo es la mente, para resguardar lo que en de verdad pensamos, sentimos y somos. Es tranquilizador saber que al menos hasta el momento, nada ni nadie puede entrar ahí y darse cuenta de esas cosas que no compartimos con absolutamente nadie. Y digo hasta el momento porque con tanta tecnología rondando por ahí, probablemente hasta esto llegue a ser alguna vez, cosa del pasado. De hecho, hace poco leí que los siempre inquietos científicos cibernéticos están ideando la manera de pasar lo que sucede en la mente humana a una computadora. Una verdadera pesadilla, concordarán muchos. Aunque ellos aleguen que se trata de un intento de mantener vivas a las personas para siempre, no sé que tanta gente se vaya a apuntar para dejar todo lo que es en un ordenador. Si ya de por sí, hemos perdido bastante tranquilidad desde que nos hemos visto casi que obligados a cargar hasta el alma en el celular. De verdad que es impresionante cuando lo pensamos; hace muy poco este aparato se utilizaba únicamente para recibir y hacer llamadas y ahora, simplemente tenemos casi todo ahí, no hay manera de deshacerse de él por más que usted lo intente, siempre, siempre lo está necesitando para algo y claro, esto ha causado que, sin darnos cuenta, guardemos ahí, cosas que son muy nuestras y que no compartiríamos con nadie. Esto nos hace andar ansiosos (a veces sin siquiera darnos cuenta) porque sabemos que lo podemos perder en cualquier momento. Ahora mismo recuerdo el segmento de un programa de televisión en el que uno de los presentadores se desplazaba a varios lugares de la ciudad buscando parejas más que todo. A uno de los dos, le ofrecía el equivalente a mil lempiras aproximadamente, por permitirle entrar en su teléfono móvil, husmear y leer (en voz alta) sus correos, mensajes de texto, revisar su galería de fotografías, en fin, invadir su vida privada, podría decirse. Porque es que realmente estamos dejando en ese pequeño artefacto demasiada información importante para nosotros y como dije, esto parece inevitable. Volviendo a los ingeniosos (vamos a llamarlos así), presentadores de televisión, era muy poca gente la que accedía a semejante petición lo cual muchas veces provocaba curiosidad, enojo y hasta ira en la pareja del asediado sujeto. Nunca entendí bien qué era lo que trataban de probar. Lo que sí quedaba claro es que la gente es muy celosa de su aparato celular y es totalmente entendible tomando en cuenta lo expuesto anteriormente. Lo que no es del todo comprensible es que no todos hayan entendido esto todavía y que aún haya gente que exige la contraseña de su pareja, menos comprensible es que haya quienes la den, dirían algunos.
Porque es bastante parecido a darle permiso a otra persona para que entre en nuestra mente y no me parece a mí, que nadie tenga derecho a eso, con excepción claro, de nuestro psicoanalista.