Hitler, con mentalidad expansionista, creía en una raza aria superior en la humanidad. Sus ideas extremistas provocaron la Segunda Guerra Mundial y el holocausto de más de seis millones de judíos. Donald Trump movilizó a sus radicales seguidores para asaltar la democracia por un inexistente fraude electoral y dividió fuertemente a los estadounidenses.
En Eurasia, Vladimir Putin desató toda la fuerza de Rusia para invadir Ucrania, y estamos próximos a cumplir dos años con una guerra que recuerda la era colonial, donde las potencias tomaban lo que deseaban.
En nuestra América, los Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro o Daniel Ortega se vuelven dictadores apelando a sus pueblos en luchas ficticias de soberanía y nacionalismo, en la que la culpa de todos los males la tiene el capitalismo y así defienden su socialismo mal entendido y peor aplicado.
En el otro extremo, Pinochet hizo lo mismo en Chile. Ahora mismo, los extremismos dominan y a veces se alternan en el poder, como sucede en Brasil y Argentina. El problema es que ambos países –como ocurre en tantos otros– tienen sociedades cada vez más divididas ideológicamente y la confrontación social está a la vuelta de la esquina.
De hecho, Javier Milei, a menos de un mes de ser presidente, ya enfrenta oposición a sus medidas económicas radicales y autoritarias. La añeja democracia de Estados Unidos no escapa de estos vaivenes del extremismo. Hace algunos años, ser demócrata o republicano no significaba diferencias extremas. De hecho, pocos cambios se daban con la rotación de un partido al otro. El bipartidismo funcionaba, precisamente porque dominaba la fuerza del centro en cada uno de ellos.
Había derecha extrema e izquierda radical, pero ninguna era dominante en los partidos.
Hoy en día parece todo lo contrario y por ello no se descarta el surgimiento de una tercera fuerza, aunque el sistema está diseñado para que prevalezca el bipartidismo y empujar esa nueva tendencia con posibilidades de éxito parece cuesta arriba, por no decir imposible.
Durante una década viajé por el continente en misiones para defender la libertad de expresión y de prensa en donde se daban brotes o se restringían estas libertades fundamentales para la existencia de cualquier democracia.
Venezuela, Argentina, Nicaragua, México, Estados Unidos, Ecuador, Guatemala, Honduras, Perú, El Salvador, Bolivia. En todos los países las causas y actores podían diferir, pero el fin siempre era el mismo: controlando la información se podía dirigir a las masas. Algunos de esos países han mejorado, pero este es un peligro latente siempre, porque la ambición por el poder hace que controlar a los medios de prensa independiente sea un camino que allane las intenciones de aquellos gobernantes que no tienen límites.
El ¿quo vadis mundo? Tiene sentido. Los presidentes dejan de tener como principio que los gobiernos deben ser “... del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” (Abraham Lincoln 1863), y los convierten en una herramienta para alcanzar sus fines o intereses.
En el mejor de los casos, tratan de imponer su forma de pensar y sentir, sin tomar en cuenta la realidad que se vive, los intereses y necesidades de las mayorías y, en última instancia, que se debe fortalecer la esencia de la democracia.
Hitler gobernó y estuvo cerca de imponer sus ideas por toda Europa, pero terminó destruyéndola y se suicidó; Trump insiste en volver a la Casa Blanca, pero es causante de gran radicalización y división de la sociedad estadounidense y por su engaño con el supuesto fraude –que no ha podido probar–, está envuelto en un montón de procesos judiciales, iniciados por su intento de tomar el Capitolio, al mejor estilo golpista de países tercermundistas.
El autócrata de Putin tiene a su país embobado con una causa de guerra “nacionalista” y con el control de la información y poder absoluto del Estado, pronto se reelegirá, pero esa historia no puede terminar bien. Así pasará con Maduro y Ortega en algún momento, aunque mientras eso ocurre, los pueblos, en vez de disfrutar de libertad, sufren por los deseos oscurantistas de sus gobernantes.
¿Quo vadis mundo? Ojalá el camino fuera la búsqueda de una mejora continua de la democracia, como el mejor sistema político existente. Mientras no haya un cambio de actitud de la clase política, mientras se persista en anteponer los intereses sectoriales y personales a los intereses de los pueblos y del planeta, seguiremos viendo guerras, confrontación, dictaduras, destrucción del ambiente, explotación social, y peores cosas.
Es por eso que sigue siendo válida la frase que supuestamente Jesús le respondió a Pedro cuando huía de Roma y le preguntó: “¿Quo vadis Domine?” (¿a dónde vas Señor). – “Voy a Roma, para que me crucifiquen de nuevo”.