“Romance de un rey y una reina, alianza entre Dios y su pueblo, unión de Cristo con su Iglesia. Este es un poema de amor entre tú y yo, Señor; es nuestro cántico privado, nuestra fiesta de amor espiritual, nuestra intimidad mística. No es extraño que me sienta inspirado y las palabras fluyan de mi pluma. Me brota del corazón un poema bello, recito mis versos a un rey; mi lengua es ágil pluma de escribano”, escribe Carlos G. Vallés en su libro Orar con los Salmos.

¡Qué bello eres, príncipe de mis sueños! Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracia, el Señor te bendiga eternamente, Dios te ha ungido con aceite de júbilo.

Te amo desde mi niñez. Descubrí tu amistad en mi juventud, me enamoré de tus evangelios y aprendí a soñar cada día con el momento de encontrarte en ya Eucaristía. Para mí la fe es enamorarse de ti, la vocación religiosa es sostener tu mirada, y el cielo eres tú. Orar es estar contigo y contemplar es verte. Verte es amarte, Señor, y amarte es gozo perpetuo en esta vida y en la otra.

Mi amor ha madurado con la vida. No tiene ahora la impetuosidad del primer encuentro, pero ha ganado en profundidad. He aprendido a callar en tu presencia, a confiar en ti, a saber que tú estás en el andar de mis días y en el esperar de mis noches.

Has escogido lo mejor del lenguaje humano, las expresiones más intensas, más íntimas, más expresivas, para describir nuestra relación; y ahora yo me apropio ese vocabulario con reverencia y alegría. El amante sabe escoger palabras, acariciarlas, llenarlas de sentido y pronunciarlas con ternura. De ti he recibido estas palabras, y a ti te las devuelvo reforzadas con mi devoción y mi amor. ¡Bendito seas para siempre, Príncipe de mis sueños!”

¡Qué bello eres mi Señor, Príncipe de mis sueños! Te ruego que le pongas un final a esta pandemia, ten misericordia de tu pueblo y envíanos salud y prosperidad.