Para alguien nacido en el trópico, el paso de las cuatro estaciones del año era algo que de niño solo conocí en los libros, o la televisión. En nuestro país poseemos un “casi” permanente verano, y las fuertes temporadas lluviosas, de los breves inviernos. Pero el mundo mediterráneo, en el que surgió la fe cristiana es distinto.

El paso marcado de cada estación, con el contraste de sus respectivos climas, envuelven el ambiente, de colores distintos, de aromas distintos, de sabores distintos, incluso de horas de luz distintas, pues en verano el sol se pone a las 9:00 pm, toda una experiencia, para el que conoce por primera vez estas latitudes. Aunque hoy se ha perdido la capacidad de asombro por casi todo, lo cierto es que el mundo antiguo, tanto grecorromano, como semítico se dejaba sorprender por cada estación, y le buscó una explicación, siendo el paso del invierno a la primavera, un momento especial, digno de celebrar. Por ejemplo, en la mitología griega, se contaba que Hades(dios del inframundo) se enamoró y secuestró a Perséfone, hija de Deméter (diosa de la agricultura), esta enfadada por semejante atropello esterilizó la tierra, haciendo que hubiera hambre y muerte. Cuando la chica volvió con su madre, ella se dio cuenta que su hija había comido alimento del inframundo, por lo que estaba destinada a volver allá, al menos una temporada. De esta manera Perséfone pasaba seis meses al año con su madre, quien durante este tiempo hacia florecer y fructificar la tierra (primavera y verano), y seis meses con su esposo en el inframundo, período en el que Deméter hacía hibernar la tierra (otoño e invierno). Para los hebreos primavera era la época en que Dios los había hecho pasar de la esclavitud a la libertad, por mano de moisés, en el mes lunar de Nisán (Marzo -abril) que significa primer brote. Tiempo en el que también Jesucristo, más de mil quinientos años después, llevo a cabo su obra de salvación , por la humanidad entera. Por eso que esta época del año, sin importar si vivimos en el trópico o en climas mediterráneos, al celebrar la pascua cristiana, se nos ofrece todo el simbolismo “primaveral” del florecimiento, la fecundidad, el renacer, y la transformación de vida, de la resurrección del Señor.

No es casualidad, ni tan solo una simple interpretación mitológica, se trata de un lenguaje del creador, que nos ayuda a comprender, como la misma naturaleza esta impregnada de las señales de amor y salvación de Dios para con toda su obra. Aprovechemos este tiempo para celebrar la vida, dejando atrás nuestros inviernos, avanzado, y descubriendo en Cristo, la oportunidad de ser en Él, Nuevas criaturas,