Detrás de las promesas, las sonrisas, los anuncios y las buenas intenciones de los llamados “tres amigos” -los presidentes Joe Biden y Andrés Manuel López Obrador, y el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau- hay una terrible realidad: su plan para detener y disuadir la migración desde Centroamérica hacia Estados Unidos no funciona ni funcionará.

Empecemos con lo bueno. La primera reunión de los líderes norteamericanos en cinco años fue, en sí misma, un éxito. Indica que lo peor de la pandemia quedó atrás, que los tres países se llevan bien y que hay muchas cosas que pueden hacer juntos, desde el medio ambiente y el funcionamiento del nuevo tratado comercial hasta compartir vacunas y la lucha contra los carteles de las drogas.

Pero el tema central de la relación entre Estados Unidos y México -la migración de indocumentados- no tiene solución a corto plazo.

Esta es la verdad: hay más inmigrantes que nunca cruzando ilegalmente hacia Estados Unidos y habrá muchos más.

Las cifras oficiales de 2021 son exorbitantes, abrumadoras. En este año fiscal fueron detenidas 1,662,167 personas entrando sin documentos a Estados Unidos, según la Patrulla Fronteriza.

Esta cifra es superior a cualquier otro año que se tenga registro. Son muchísimos más migrantes, por ejemplo, que los 405,000 que entraron en 2020.

¿Que ha cambiado? Donald Trump y la pandemia.

El principio básico de la migración es que siempre hay algo que te expulsa de tu país y algo que te atrae de otro. Es lo que en inglés le llaman “push and pull factors”. Y actualmente el “pull factor”, lo que atrae de Estados Unidos a los inmigrantes, es muy fuerte.

Por principio, el antiinmigrante Donald Trump ya no es presidente, y eso ha enviado el mensaje al sur de la frontera que la era de la crueldad contra los extranjeros en Estados Unidos ha terminado. Trump, quien de manera racista llamó “criminales y violadores” a los inmigrantes mexicanos, fue el responsable de la separación de miles de niños de sus padres, insistió infructuosamente en construir un gran muro en la frontera con México, limitó la migración legal y rechazó los intentos de miles de solicitar asilo en Estados Unidos, regresándolos a México.

Trump ya no está. El nuevo presidente Joe Biden no es Trump, los inmigrantes lo saben, y el río que separa a México y Estados Unidos no es tan grande ni tan bravo.

A pesar de que sus funcionarios insisten en que la frontera de Estados Unidos está cerrada para los indocumentados, la realidad es que más de un millón logró cruzar ilegalmente en este 2021. Y aunque es cierto que miles han sido deportados o regresados a México (por cuestiones de sanidad con el llamado Título 42 y por el programa Quédate en México), niños solos y familias con menores de edad suelen tener la oportunidad de quedarse en Estados Unidos.

Trump ya no está y la pandemia se está controlando. Esto último ha generado en Estados Unidos un vigoroso crecimiento económico con millones de trabajos disponibles, particularmente en el sector de servicios, agricultura y construcción. Y esas son áreas que ocupan a muchos recién llegados. Centroamericanos y mexicanos que ganaban cinco dólares al día o menos pueden conseguir lo mismo en Estados Unidos en media hora.

Y las vacunas contra el covid, tan escasas en países pobres, se regalan literalmente en las farmacias de cualquier esquina. Solo eso -vacunar a tus hijos y evitar el riesgo de morir de coronavirus- es un aliciente suficientemente poderoso para venir, que se suma a escuelas públicas, trabajos y seguridad.

La pandemia ha retrasado varios años el progreso en América Latina. Regresar a los niveles de crecimiento de 2019 es dificilísimo en economías que se pararon en seco por el virus y que dependen, cada vez más, de internet y tecnologías caras.

Biden prometió como candidato presidencial invertir cuatro mil millones de dólares en la región centroamericana. Y López Obrador ha promovido con energía su programa Sembrando Vida. Ambos esfuerzos tienen como propósito atacar las causas y el origen de la migración, generando oportunidades y empleos locales. El nuevo programa, que uniría ambas propuestas, se llamará Sembrando Oportunidades. El problema es que se trata de un proyecto a largo plazo y cuya efectividad es cuestionable. El mismo Biden, como vicepresidente, solicitó mil millones de dólares al Congreso para Centroamérica en 2015. Hoy está claro que eso no pudo evitar la nueva ola de migraciones al norte.

No es solo una cuestión de dinero, sino también de falta de aliados en la región. Estados Unidos, por el momento, solo cuenta con México y Guatemala. La vicepresidenta Kamala Harris únicamente fue a esos dos países durante su gira el pasado mes de junio.

Nicaragua, Honduras y El Salvador parecen estar fuera de la zona de influencia de Estados Unidos, o alejándose. El gobierno de Biden acaba de anunciar sanciones a funcionarios de la dictadura en Nicaragua tras la farsa electoral del siete de noviembre. Tony Hernández, el hermano del actual presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, fue condenado en Nueva York por tráfico de drogas y las relaciones entre ambos países se han enfriado. Y el Departamento de Estado condenó la reciente decisión de la Corte Suprema en El Salvador que le permitiría reelegirse al presidente Nayib Bukele, quien peligrosamente sigue acumulando poder y amenaza la frágil democracia de su país. Así, por más dinero que quiera invertir Estados Unidos en la región, no es fácil encontrar a quién dárselo de manera segura y efectiva.

Mientras todo esto ocurre en la alta política, el “push factor” sigue expulsando a miles de centroamericanos de sus países debido a la pobreza, las pandillas, el crimen y el cambio climático. ¿Cómo condenar a una familia que viaja a pie hacia Estados Unidos desde San Pedro Sula, Soyapango o San Miguel Petapa y que quiere vacunarse, darle universidad a sus hijos y evitar que acaben en manos de las pandillas? ¿Cómo decirles no vengan?

Por todo lo anterior, el plan de los amigos -Biden y AMLO- no va a servir para bajar significativamente la cantidad de inmigrantes que están cruzando territorio mexicano para llegar a Estados Unidos. En lugar de rechazarlos y culparlos por colaborar con los coyotes, hay que cuidarlos por su trayecto en México y prepararse para recibirlos. Además, este es un momento en que Estados Unidos necesita muchos inmigrantes.

Pero eso no es lo que yo escuché aquí en Washington, oí discursos muy bonitos y planes grandiosos, al tiempo que dos caravanas llenas de niños, y miles de inmigrantes por su cuenta, se alistan para cruzar el río o el desierto. Su argumento está cargado de lógica: si más de un millón lo hizo este año, ¿por qué yo no?