En un mes estaremos en una fiesta democrática, en una pantomima electoral o en la consumación de otro megafraude. El escenario político en nuestras honduras es turbulento, sin estabilidad social, económica, sanitaria y espiritual, el país se alista para “elegir” a las nuevas autoridades para el período 2022-2026.

Mientras el reloj avanza, también las negociaciones bajo la mesa y a la luz pública son cada vez más frecuentes; las traiciones, deslealtades y triquiñuelas están a la orden del día, minando con ello la transparencia para el proceso electoral. A manera de ejemplo, el partido oficialista se presenta completamente desgastado para seguir gobernando como resultado de una década nefasta de violaciones a la Constitución de la república, bochornosos actos de corrupción, señalamientos gravísimos en cortes internacionales y con un candidato que no tiene virtudes estadistas ni plan de gobierno conocido.

Por otro lado, la oposición tratando de estabilizar la embarcación ante autosabotajes que restan fuerza a la canoa, liderazgos de papel que pactan contubernios con sectores que en público llaman malos y retrógrados, más en lo oculto se convierten en maridajes y relaciones tóxicas que atentan contra la república.

A lo anterior se adhiere una ciudadanía que vende su dignidad al mejor postor, cual si fuese un Esaú moderno hace transacción del futuro de su familia por las migajas del ahora, defiende con uñas y dientes al capataz, ha desarrollado el síndrome de Estocolmo, que no le permite observar con claridad lo evidente.

En esta atmósfera de oscuridad no esperemos resultados distintos si hacemos lo mismo, seguramente los grandes tahúres serán electos y reelectos, tal como lo adelantara aquel funesto personaje: en las elecciones a la gente no le importa cuántos muertos contamos, sino la cantidad de dinero que tiene en la bolsa.