El salmo 3 tiene un título bastante interesante. Este dice: “Oración matutina de confianza en Dios.
Salmo de David, cuando huía de delante de Absalón su hijo”. Esta rebelión de Absalón, junto con otros descalabros familiares (ver 2 Samuel 13), hicieron realidad las palabras que le dijera el profeta Natán a David luego de su vileza: “[Así ha dicho Jehová:] A Urías heteo heriste a espada, y tomaste por mujer a su mujer, y a él lo mataste con la espada de los hijos de Amón.
Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste, y tomaste la mujer de Urías heteo para que fuese tu mujer. Así ha dicho Jehová: He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa...” (2 Samuel 12:9-11). Ahora lo interesante: debido a que David no equiparó la disciplina de Dios con el abandono de Dios, el título de su salmo puede iniciar diciendo: “Oración matutina de confianza a Dios”.
¿No le parece notable, querido lector? ¡Cuántas veces nosotros no hemos hecho lo mismo! Nos apartamos de Dios.
Decidimos voluntariamente por lo malo. Nos conformamos con ello. Hasta le agarramos gusto. Y mientras Dios nos está llamando a recapacitar, decidimos mantenernos imperturbables en nuestra terquedad por lo insurrecto y dañino.
De ahí que Dios tenga que subir el nivel y disciplinarnos. ¿Por qué? Porque Dios corrige a quienes ama, como corrige un padre a sus hijos (Proverbios 3:12; Juan 3:16).
Ya que posee un amor compasivo que se basa en su carácter: Dios es amor (1 Juan 4:8; Lamentaciones 3:22). Pero esta disciplina la confundimos con multa y cilicio, y su amor con abandono y malicia.
Por eso me resulta cautivante el salmo 3, que en una de sus partes dice: “Sólo tú, Dios mío, me proteges como un escudo; y con tu poder me das nueva vida... Dios mío, sólo tú puedes salvarme” (vv. 3 y 8, TLA).