22/04/2024
01:42 PM

Nuevo jefe del Estado Mayor

Juan Ramón Martínez

Xiomara Castro ha tomado una decisión salomónica. Ha conciliado la tranquilidad de los temores de la familia Zelaya que los militares le den un golpe de Estado y el respeto de los principios básicos que norman la operación de las Fuerzas Armadas. Ha nombrado a Roosvelt Hernández como Jefe del Estado Mayor Conjunto, vigilado por un pariente en la dirección de la Fuerza Aérea y dirigido, en una posición de mando, por Fortín, el militar más leal a Libre. El que no hayan nombrado a Rosales Rubio o a Muñoz, el recomendado de Chimirri, y tampoco a César Augusto Rosales Rubio, es una indicación de respeto a la opinión pública que había censurado la posibilidad que estos oficiales ocuparan cargos en el comando de las Fuerzas Armadas. Aunque es innegable el control de la familia Zelaya, hay que esperar que Hernández pueda cumplir las funciones constitucionales establecidas y que no se prestara para que la institución armada continúe hundiéndose en el desprestigio en donde la ha llevado Fortín. Puede hacerlo cumpliendo la ley y negándose a la comisión de actos contrarios al sistema democrático de gobierno. Y defendiendo el imperio de la Constitución de 1982.

Hernández es un oficial de la promoción 27 de la Academia Militar Francisco Morazán. Poco conocido fuera de la institución. Solo se supo de él, cuando disputó con los nacionalistas que en Choluteca entregaban exclusivamente las “bolsas solidarias” a los cachurecos, excluyendo a liberales y miembros de Libre. Ello llamó la atención de la familia Zelaya que es muy sencilla en sus juicios: “No es de los parientes, pero es enemigo de nuestros enemigos”. Su lucha para alcanzar el cargo superior de cualquiera oficial interesado en su carrera, no ha sido fácil. Ha tenido que mostrar cautela y habilidad en sus relaciones con Fortín --más político que hombre de armas--, que su mayor virtud es la adhesión pública a los postulados partidarios de Libre, aunque con ello, comprometió la existencia de las Fuerzas Armadas que cree que son suyas y que las puede usar en su carrera política que busca prolongar durante el mayor tiempo posible. Por ello, siguiendo el modelo de JOH, se refugiará en la Secretaría de Defensa para desde allí, mantener control sobre Hernández. Este, con la respiración de Fortín en sus espaldas, tendrá que asegurarse que el ejercicio del mando se haga dentro de la ley, evitando que la politización de la institución continúe. Echar para atrás y revertir todos los daños inferidos, es difícil.

Veamos la tarea. Debe concentrarse en el apresto de la institución, evitando implicarse en declaraciones de naturaleza política. Hay que dejar que Fortín siga desprestigiándose. La figura de este quedará marcada definitivamente. Hernández debe forjar la suya a partir del reconocimiento que es un desconocido llamado a destacar. Fuera de mostrar interés en algunos temas lingüísticos e incursionar en asuntos de género, poco sabemos de él. Deberá aproximarse al público sin Fortín, que es indigerible por más de la mitad de los hondureños, y acercarse a los grupos que forman opinión en Honduras. No repartiendo cosas, ni barriendo calles, porque eso no ayuda a mejorar la imagen de la institución militar, sino que mostrando que es un comandante, profesional completo, con el cual todos estemos seguros que contaremos con su brazo para defender de la soberanía nacional y garantizar la alternabilidad de la presidencia de la república. Puede hacerlo. No lo destituirán del cargo. Y si se atreven contará con el respaldo de la ley y la protección del Congreso. Su tiempo es diferente al de Fortín. Su conducta debe ser igualmente diferente.

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