12/04/2024
12:54 AM

Morazán y el dictador

Juan Ramón Martínez

Entre Francisco Morazán, el líder epónimo de Centroamérica, y Nicolás Maduro, dictador de Venezuela, hay muchos océanos de diferencia. Por ello, resulta extraño que los administradores de la orden Francisco Morazán se la hayan entregado a quien no tiene méritos para portarla; y, mucho menos, algo en sus antecedentes que lo acerquen con la vida, las ideas y menos con las ejecutorias del líder del Ejército Protector de la Ley. Los gobernantes –unos más que otros – se especializan en portar estas condecoraciones. El más recordado de ellos fue Rafael Leónidas Trujillo, de República Dominicana. Tenía tantas que sus enemigos, que no le consideraban merecedor de tales honores, le apodaban “chapitas”. Que ratificaba con el pecho lleno de condecoraciones.

La mayoría inmerecidas. Entre estas últimas destacaba negativamente la orden Francisco Morazán que el dictador Tiburcio Carías Andino le otorgara por instigaciones de los diplomáticos que se especializaban en la cacería de tales reconocimientos, con los que justificaban sus desempeños exteriores y les servía, además, para quedar bien con el estrafalario gobernante. Por supuesto, las condecoraciones implican cierta reciprocidad porque quien las da adquiere el derecho para recibirlas. Carías Andino tenía sus propias colecciones, aunque se abstenía de usarlas.

Trujillo, en cambio, tenía tantas que, incluso, se mandó a confeccionar uniformes militares inconcebibles para, de esa manera, exhibirse como uno de los gobernantes más entorchados de la historia mundial.

En el caso que nos ocupa, no conocemos que tal otorgamiento haya sido producto de alguna iniciativa del dictador venezolano. Por la fecha y la coincidencia de la decisión de Maduro al eliminar la participación electoral de la principal opositora Corina Machado, con la celebración del segundo aniversario de un régimen que, en Honduras, está más que obligado a convencernos que no tiene planes de descalificar a sus adversarios, sino que facilitar la participación en igualdad de condiciones, en elecciones libres, de todos los partidos, donde se imponga la voluntad soberana del pueblo hondureño.

De acuerdo con lo anterior, constituye un error diplomático de Honduras la entrega de una condecoración que honra los mejores, nacionales y extranjeros; que, en el caso del gobernante venezolano, carece de los mínimos para merecerla. No tiene en sus antecedentes ninguna lucha que tenga que ver con la independencia nacional, la acción destinada a recobrar el imperio de la ley y tampoco hay señal alguna en la vida del caudillo venezolano, que se reconozca en la voluntad de entrega, reconocimiento al sacrificio por la vida y felicidad de sus ciudadanos. Y en términos de los intereses de los hondureños, no conocemos qué mensaje nos quieren trasmitir a nosotros, ni qué beneficios obtendrá el gobierno que busca mejorar su imagen en el escenario internacional.

En términos electorales, el mensaje es negativo para los hondureños. Maduro no es un demócrata, no respeta los procesos electorales y, tampoco les guarda respeto a sus opositores a los que, utilizando la Corte de Justicia, inhabilita y descalifica. Los hondureños, incluso los que nos exigen que tengamos confianza en Libre, tenemos que aumentar las preocupaciones porque quien celebra a un dictador quiere imponernos una dictadura a todos nosotros. Si estos conceptos no fueron tomados en cuenta por los diplomáticos, es una indicación que, además, carecen de la sensibilidad para entender que su decisión, tampoco mejora la imagen suya en el exterior y que la obligada desconfianza será la respuesta a una decisión apresurada. En fin, entregar la orden de nuestro héroe a Maduro constituye también un irrespeto a las instituciones electorales, a los demócratas y a los estudiosos de Morazán, que, en ningún momento, aceptan la dictadura o el irrespeto a la ley.

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