Este es el título de una obra del escritor hondureño Ramón Rosa, recreada antes de la Reforma Liberal de Marco Aurelio Soto cuando imperaba un sistema educativo que combinaba la instrucción escolar con la religión y una férrea disciplina.

La educación se basaba en la escolástica, una filosofía medieval que supone una ruptura con todo pensamiento científico. Consideraba que todo saber dependía del principio de autoridad, y que la Biblia era la auténtica fuente de conocimiento. Rosa rememora el día en que fue llevado por primera vez a la escuela creyendo él que se trataba de una cosa divertida. A las seis de la mañana, las gruesas y velludas manos de su ayo Julián “Patojo”, sacudieron su cuerpecito de seis años para llevarlo a la escuela. Se dio cuenta el niño que aquel lugar de enseñanza no era nada festivo cuando Julián lo dejó solo a merced de su maestra, quien de inmediato lo puso a rezar sobre su cartilla. “No grité, sollocé; y con mis ojos empañados por las lágrimas, me fijé en que mi maestra era una mujer de treinta y cinco a cuarenta años; encorvada por su penoso oficio de costurera, de pómulos salientes y rojizos por la tisis que la acechaba; de cejas pobladas y fruncidas; de ojos redondos como los del búho, vivísimos y amarillentos por la irritación de la bilis (...), de labios morado oscuro, que nunca tenían una sonrisa...”. Conocer su maestra le causó extraordinaria y dolorosa impresión, lo mismo que el aspecto de pobreza, rayana en la miseria, que mostraba el local escolar, según el relato. “La pequeña sala, que estaba cubierta entre dos cuartitos llenos de lobreguez, tenía las paredes revocadas con tierra blanca, y su techo estaba cubierto de mal ajustadas tablas, blanqueadas con cal, podridas por las goteras, y en las que no escaseaban telarañas de todas formas”. En cuanto al sistema disciplinario y penal de la escuela, era “un tanto pesadito”: faltas levísimas, uno o más golpecitos en la cabeza con el dedal metálico que la maestra portaba; faltas leves, hincarse sobre gruesa arena o granos de maíz, por una o más horas; faltas graves, la misma pena, con la añadidura de tener los brazos en cruz y con un tenamaste en cada mano; faltas más graves, palmetazos en las manos y disciplina en la espalda; faltas gravísimas, palmeta o chirrión en las posaderas descubiertas; por reincidencia en las faltas graves, más graves y gravísimas, sentar al insurrecto en una silla, con la cabeza enflorada y con dos enormes orejas de burro.

Similares castigos continuaron aplicándose en las aulas hasta que en 1990 el Congreso decretó el Código de la Niñez y la Adolescencia que otorga libertad a los menores para buscar refugio, auxilio y orientación cuando sean víctimas de algún abuso o se transgredan sus derechos. Cabe preguntar ¿hasta dónde podrá mantener la calma el maestro para no aplicar los métodos arcaicos en alumnos transgresores? La interrogante es válida porque tal caso es factible en estos tiempos en los que la criminalidad tiene enorme influencia en la conducta de las nuevas generaciones.