17/05/2024
08:21 AM

Lo que el covid nos dejó

Renán Martínez

El virus del covid-19 parece agonizar mientras las mascarillas van cayendo de nuestros rostros, por decreto, pues el contagio ya no es tan agresivo. Sin embargo, quedan recuerdos dolorosos de parientes y amigos abatidos durante aquellos meses grises de la pandemia que nos mantuvo encerrados porque afuera de nuestras casas rondaba el espectro de la muerte.

Las estadísticas, en el apogeo de la crisis sanitaria, aumentaban despiadadas con las muertes de nobles y plebeyos como también de guerreros y guerreras de gabacha blanca que tuvieron la valentía de enfrentarse, casi desarmados, a un enemigo que estrangulaba con sus manos invisibles.

En Honduras el virus atacó con mayor saña cebado en el caldo de la corrupción de funcionarios que hicieron clavos de oro con el dolor de la población al comprar, a precios exorbitantes, hospitales de fantasía que hoy están abandonados.

El pueblo aún resiente las secuelas de este caso, y el del pingüe negocio de las mascarillas, porque aún no se han esclarecido completamente ni se ha recuperado el dinero robado.

La tardanza en la llegada de las vacunas fue otro factor que aceleró la propagación de la enfermedad por los cuatro puntos cardinales del territorio nacional. Ante la inoperancia, en ese sentido, del gobierno turnante, el pequeño hermano de El Salvador nos envió, en junio de 2021, 70 mil dosis de la vacuna AstraZeneca. “El dinero alcanza cuando no se lo roban”, suele decir el presidente del vecino país, Nayib Bukele, quien también puso a funcionar, durante la fase más crítica de la pandemia, un gigantesco hospital que ayudó a recuperar un alto porcentaje de pacientes con covid en “el pulgarcito de América”.

El lado bonito de la cuarentena es que probó el coraje de hondureños, quienes, en medio de la adversidad como velas en el viento, emprendieron inverosímiles proyectos para enfrentar el desempleo ocasionado por el cierre de empresas y la reducción de personal. Se puso en boga la palabra resiliencia que, en sentido figurado, sería algo así como la capacidad que tienen pocas personas de vender pañuelos a los que lloran cuando sucede una tragedia como la del covid.

A la vez que cae la corona del virus, surge el regocijo de reunirnos de nuevo sin temor y tomarnos aquel café que quedó pendiente en el bistró. Esperemos que ya no haya barreras que impidan abrazarnos con amor, ni barbijos escondiendo sonrisas reprimidas.