17/04/2024
07:55 AM

La queja interminable

Elisa M. Pineda

Quejarse es un hábito, una costumbre añeja que evoluciona en sus formas de extenderse, desde la plática cotidiana, hasta las redes sociales y sus memes que se convierten en una especie de escape.

Los hondureños solemos quejarnos de nuestras carencias, de nuestras propias miserias que no siempre tienen que ver con dinero, y poco reconocemos lo que sí somos y que nos define.

Tenemos la tendencia a ser muy conscientes de lo que les falta a los demás: ética, visión, amor al prójimo y claridad de pensamiento, pero muchas veces estamos poco dispuestos a aplicar esos mismos criterios en nuestro propio proceder.

Si las ideas que aplicáramos a otros las hiciéramos propias, otro sería nuestro presente, pero resulta que somos más rápidos para juzgar, que para cambiar.

Quizás porque quejarse es gratis y es fácil identificarnos, encontramos rápidamente un gran campo de conversación, una suerte de frases hechas del tipo: “quién sabe dónde vamos a parar”.

Nos quejamos del irrespeto constante a las leyes y reglamentos en cosas tan cotidianas como en el tránsito de vehículos y personas, al mismo tiempo que nos volvemos expertos en buscar atajos, ir contra vía, rebasar al otro cuando no se debe, para avanzar buscando un solo beneficio: el propio.

Molesta ¡y cuánto! aquella crítica que se revierte, convirtiéndose en la vara con la que somos medidos, cuando tropezamos con aquello que tanto señalamos.

En estas Honduras hay desorden, esa parece ser algo más que una simple percepción, pero un desorden que nos incluye, del que somos parte activa y no simples espectadores.

Los ciudadanos contribuimos a este cuento de múltiples versiones, en el que nos cuesta reconocer entre información y desinformación; condenamos la subjetividad de algunas noticias, pero alabamos todo aquello que tenga sesgos que coincidan con los propios, olvidando que “una verdad a medias es una mentira completa”.

Somos partícipes también en el “dejar hacer y dejar pasar” de lo cotidiano, del irrespeto a flor de piel, de la ley del más fuerte, de las palabras incendiarias y la falta de empatía.

Vivimos en la queja interminable, apartándonos como si se tratara de otros y no de nosotros, los que compartimos este espacio.

Es preciso recuperar la conciencia colectiva, no la de los discursos populistas que recalcan la diferencia entre ellos y nosotros, sino en uno de todos, que reconozca la responsabilidad que tenemos de crear, con la suma y multiplicación de los comportamientos de cada ciudadano, el de una sociedad que debe fortalecer la capacidad de convivir en paz y con respeto a las diferencias.

Que la queja termine y que logremos enfocarnos en aquello que de verdad requiere toda nuestra energía: que el país evolucione positivamente, con una realidad perceptible sino por todos, al menos por la mayoría. Enfoquémonos en lo que podemos lograr, el tiempo apremia.

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