Olga era una maestra de quinto grado y, aunque trataba de ser imparcial con todos sus alumnos, mantenía una particular molestia con Luis, quien mostraba una total apatía en cada una de sus clases. Cierto día, casi por casualidad, dio con el historial académico del niño.
Al revisarlo se llevó una gran sorpresa. En los primeros años de escuela, Luis había sido un alumno ejemplar. Sin embargo, esto cambió abruptamente cuando su madre murió mientras él cursaba el tercer grado.Olga, arrepentida de sus sentimientos negativos hacia Luis, puso especial atención en él.
Le dedicó horas extras de enseñanza y al cabo de pocos meses, Luis se convirtió en uno de los estu-diantes más aplicados del aula.
Cuando fue promovido al sexto grado, le dejó una nota diciéndo-le que ella era la mejor maestra que había tenido en toda su vida. Luego de cinco años, Olga recibió una nueva carta, donde, entre otras cosas, Luis le expresaba que había terminado la secun-daria, siendo el tercero en su clase, y que ella seguía siendo la mejor.
Cuatro años después, la historia se repitió. En esta ocasión, Luis se había graduado de la univer-sidad con los más altos honores. Y la profe Olga seguía siendo su maestra favorita.
Pasado otro tiempo, Luis le envió otra carta a su profesora, esta vez era una invitación de boda. En ella se le hacía la petición especial de ocupar el lugar que usualmente es reservado para la madre del no-vio. La maestra aceptó gustosa.
Cuando se vieron en el evento, se fundieron en un abrazo y Luis aprovechó para susurrarle en el oído: “Gracias por enseñarme, por creer en mí, por hacerme sentir importante y animarme cuando nada tenía sentido en mi vida”.
Olga, con lágrimas en los ojos, tomó aire y le dijo: “Te equi-vocas, tú fuiste quien me enseñó a mí y me mostró que una maestra no solo existe para dar clases sino también para inspirar a otros y cambiar vidas”.