Están por todos lados: vegetando en zonas residenciales o en áreas marginales en las grandes ciudades o en comunidades rurales. Se les conoce como “ninis” a estos jóvenes porque por diferentes razones, ni trabajan ni estudian, por lo tanto representan un estigma social y una carga para su familia. Cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) publicadas en un reciente reportaje de Diario La Prensa indican que en el país hay 900 mil “ninis”, de los cuales, 66,660 son sampedranos . Muchos de ellos se acostumbraron a hacer siempre lo que quisieron porque sus padres les dieron una educación permisiva en la que nunca obedecían órdenes ni seguían reglas, cuestiones necesarias en el trabajo y el estudio, por ello temen enfrentarse a esas dos responsabilidades.

Ciertos padres creen que dándoles a los hijos los lujos que ellos no tuvieron en su juventud, les permitirán disfrutar de una vida mejor, pero en realidad al no costarles esos gustitos no los valoran y se acostumbran a obtener por la vía fácil todo lo que desean. El exceso de protección familiar y un ambiente de falso confort hacen que estos jóvenes crezcan con miedo a afrontar la realidad, con temor a fracasar ante el mundo y prefieren permanecer pegados a un celular, viendo televisión o tumbados en un sofá mientras el tiempo pasa inexorable. Reconozco que muchos sí quieren trabajar, pero no encuentran oportunidades. Otros desearían combinar el trabajo con los estudios y no hay alternativas, mientras un porcentaje menor tiene habilidades, pero las empresas no les abren sus puertas porque no tienen plazas vacantes o el solicitante proviene de sectores “calientes” de la ciudad. Observadores censuran este fenómeno generalizando que los jóvenes, al ver sus necesidades básicas cubiertas no tienen la motivación necesaria para plantearse un futuro. Este podría ser el caso de jóvenes que provienen de clases medias y altas, pero no es la misma situación para el 60% de los “ninis” restantes, provenientes de hogares pobres y vulnerables. Pienso que la culpa no siempre es de los jóvenes. Algunas adolescentes dejaron de estudiar al convertirse en madres solteras y ahora con un hijo a cuestas se les hace más difícil volver a las aulas y obtener un empleo. Ante la indiferencia de las instituciones públicas frente a los índices de “ninis” que crecieron con la llegada de la pandemia en detrimento de la salud económica y social del país, conviene un cambio de actitud en la nueva generación de padres respecto a la formación de los chicos. Darles responsabilidades desde niños de acuerdo con sus capacidades e incentivarlos a superarse son aspectos fundamentales para que en un futuro cercano no haya tantos jóvenes viviendo sin oficio ni beneficio.