01/04/2026
11:34 AM

Jóvenes en otra dimensión

Cuenta el relato bíblico que hace miles de años durante el reinado de Nabucodonosor de Babilonia se encontraron en el reino babilónico cuatro jóvenes que fueron hallados diez veces más inteligentes y sabios que todos los sabios del reino. El judío Daniel era uno de ellos. Vivía a contraposición de todo lo que se creía, desmitologizando la sociedad de su época decidió por sí mismo vivir a contrapelo de sus mitos y sus costumbres. Hoy en Honduras Esther es una de esas jóvenes. Tal vez sea Ana, Raquél o María, pero es Esther. Esther es alguien que no sigue a la manada, que posee fuertes convicciones y que define su vida por los principios que le fueron inculcados no por la presión del grupo y por los gustos de la sociedad de hoy. Tiene solo dieciséis años, estudia en una de las escuelas más exigentes del Valle de Sula, habla español, inglés y francés, y toca el piano, la flauta traversa y la marimba. Es la mejor alumna de su escuela con índices que se cotizan más altos que cualquier acción preferencial en la bolsa de valores. ¿Puede la juventud de hoy vivir en una dimensión diferente de la que viven hoy los jóvenes, atrofiados en sus mentes, enajenados por la música y debilitados en sus valores? Esther cree que sí, no solo lo cree lo demuestra.

Mientras los demás pasan horas frente a la televisión, Esther puede leerse un libro de 300 páginas en dos días y su repertorio literario puede dejar corto el índice de cualquier librería. Cómo es posible hoy, criar hijos alejados de los vicios, con fuertes valores, humildes y capaces de destacar al más alto nivel para orgullo de sus padres y honra de su país. Mantenerlos alejados del televisor, de hecho, Esther nunca ha tenido uno, a sus 16 años. Siempre me cae en gracia cuando recuerdo lo que leí en una de los biografías de Gabriel García Márquez, cuando a su madre se le preguntó la razón a la que ella atribuía la genialidad de su hijo, respondió con la simpleza y la certeza de una buena madre que se debía “a que le dí mucho aceite de bacalao”. Talvez una risueña contradicción, talvez parte de ese realismo mágico que tiene su hijo y que lo heredó de ella. Cuando pregunté a la madre de Esther a que se debía la dedicación y la disciplina de su hija, también respondió con rapidez, pero con fuerte convicción “jamás ha comido carne en su vida”. Sí, así es por increíble que parezca. Esther jamás ha probado un bocado de carne en sus 16 años de vida. Su madre cree que esa condición le ha dado la lucidez mental y la fuerza física para actuar con un espíritu limpio y una disciplina de oro. Y si seguimos hurgando en la vida de esta joven tan especial nos daremos cuenta que definitivamente vive en otra dimensión, una dimensión de vida que los jóvenes de hoy ignoran o desconocen por completo. No sido fácil para Esther presentar su modelo de vida ante nadie, ni ante la sociedad, ni ante las mismas autoridades educativas que no han dudado en exigir que debería comer carne. Esos mitos que no tienen verdad alguna como fundamento, esos mitos de los que creíamos habernos librado hace miles de años, hoy siguen rondando nuestras vidas y arruinando nuestro progreso, esos mitos de los que no sabemos mucho ni hemos investigado nada nos siguen perjudicando más de lo que suponemos nos protegen. Esther vive en otra dimensión, pero no por eso se ha perdido nada de lo bueno de la vida. Como cualquier jovencita le gusta lucir bien y ojear de vez en cuando las series juveniles americanas. Es solo que escogió vivir en una dimensión paralela, sin el mito de que no se puede vivir sin carne. ¿Se podrá vivir sin televisión? Yo creo que sí.