“El señor Óscar Acosta murió entre denuncias de habérsele encontrado en un allanamiento de morada practicado por las autoridades de la Fiscalía de las Etnias y Patrimonio Cultural en su casa de habitación varios bienes propios de la cultura mesoamericana empaquetados para su exportación ilícita”.

Conocí a Óscar Acosta desde temprana edad. Él me trató de manera maravillosa y desde donde estaba me enviaba libros y revistas, y aquí, en Tegucigalpa, me honró con su amistad casi paternal y me permitió ser su amigo y, en sus últimas décadas, su médico de cabecera. Iba a su casa como si fuese la mía. Hablábamos mucho de esta desventurada Honduras, y aunque era un nacionalista, más bien galvista, siempre le escuché hacer severas críticas a la situación nacional. Él era embajador de carrera y por tanto debía guardar cierta compostura, que es obligada para estos funcionarios. Eso lo aprendí porque él me introdujo en el círculo de sus amistades de la diplomacia y de embajadores. Yo puedo afirmar que era un hombre cabal, moderado, con un gran nivel en su producción literaria, que fue muy apreciada aquí y en el extranjero. Iba a su casa como si fuera a la mía. Sus libros “Poesía menor” y “El arca”, que publicó cuando debe haber tenido unos 18 años, fueron sustanciales para el desarrollo de la literatura nacional, y los aportes con sus revistas y antologías, en donde divulgó, sin interés personal alguno, a los jóvenes creadores, sin importar si eran de derecha o de izquierda: él le publicaba a Pompeyo del Valle –que era del Partido Comunista-, a Nelson Merren, a César Vallejo, a Pablo Neruda. Nunca tuvimos confrontación por eso, pues siempre respetó mis ideas y yo las suyas. “El arca” fue el primer libro de minificción que se escribió y publicó un hondureño.

Él introdujo a Vallejo, a Neruda y a Huidobro entre los jóvenes poetas hondureños de su tiempo y de generaciones recientes. Recuerdo haber leído a Pompeyo cuando cuenta que le arrebató el único libro de Neruda que había en Tegucigalpa.

Estuve con él en Nicaragua, Guatemala y en México, y Augusto Monterroso se refirió a su obra de manera muy elogiosa. Además, yo vi en su casa cartas y trabajos críticos sobre su obra firmados por importantes intelectuales de alta talla como escritores que apreciaban su obra: Manuel Scorza, Pompeyo del Valle, Jorge Eduardo Arellano, Antonio de Undurraga, Oswaldo Larrazábal Henríquez, Julio Escoto, José Enrique Cardona Peña, Roberto Armijo, Isaac Felipe Azofeifa, Helen Umaña, Otto Raúl González, Manuel José Arce, Álvaro Menen Desleal, Luis Jiménez Martos, Ricardo Llopeza, Jorge Luis Recabarren, Eduardo Bähr, Ramón Oquelí, Alberto Baeza Flores, Medardo Mejía, José Luis Cano, Serafín Quiteño, Ramón Amaya Amador...

Oscarín, como yo le he llamado a su hijo, se dedicaba –no se si aún lo hace- a comprar y revender artículos viejos de plata, pinturas, adornos, monedas y otros artefactos. Realmente eran negocios no rentables porque sus proveedores siempre terminaban estafándolo. Yo le compraba, para ayudarlo, algunas monedas, que luego regalaba a mi hermano Jorge Alberto.

Oscarín compró unas réplicas de vasijas mayas. Alguien de mala fe hizo una denuncia a la Fiscalía y allanaron la casa de Óscar, que no tenía nada que ver con el asunto, y las piezas fueron confiscadas. Lo que sé es que no pasó nada porque realmente no se trataba de piezas auténticas ni de atraco alguno. El poeta Óscar Acosta nunca estuvo involucrado en el tráfico de reliquias del patrimonio nacional ni en ningún acto delictivo. Yo recuerdo haberle preguntado qué había detrás de ese asunto y me contestó de que a Oscarín alguien con quien se había enemistado por asuntos de que le robaron un dinero fue a la Fiscalía a denunciarlo.

Yo le vi morir a Óscar Acosta. No estaba atormentado, quizá el único tormento fue el amor que le floreció en sus últimos días, pero nada más. Estaba orgulloso de su vida y sus aportes. Murió admirado por la mayoría de la intelectualidad del país, los de la derecha y los de la izquierda, por sus relevantes aportes al desarrollo de la literatura nacional con su poesía y su prosa y por su solidaridad con todos los jóvenes que se acercaron a pedir su respaldo intelectual.

El poema “El nombre de la patria” no puede ser de un bandido antipatriota; ni otro al guerrillero José María Reyes Mata, ahora olvidado por los revolucionarios, como tampoco su poema a César Augusto Sandino. Óscar Acosta fue un hombre cabal, una gloria de la poesía hondureña.

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