La falta de oportunidades de trabajo es uno de los factores que inciden terriblemente en la precaria situación económica del país, pero también debemos considerar que muchos hondureños no hacemos uso de las facultades individuales y los recursos del entorno para salir de nuestro atolladero sin tener que recurrir al gobierno o a una empresa. En forma figurada decía un maestro que somos pordioseros sentados sobre un costal de oro, porque aquí tenemos los medios necesarios para salir adelante, sino que lo digan personas llegadas de otras latitudes quienes con sacrificio y honradez han construido, en estas ubérrimas tierras, su futuro y el de su familia.

En uno de esos programas de radio que abren sus micrófonos al público, escuché a un carpintero quejarse de que no podía conseguir un empleo acorde a su oficio. Pero hombre - pensé - ¿por qué no emprendes el proyecto de elaborar artesanías con desperdicios de madera en vez de empecinarte en vender tu talento a otros?. De repente, si perseveras y sabes administrarte, llegarás a tener tu propia fábrica. Un negocio, por muy pequeño que sea, si se administra con sabiduría, no solo resultará rentable sino que podría crecer a tal punto de convertirse en una pujante empresa. De estos emprendimientos hay muchos ejemplos. Una de las claves es no “comerse” el capital de trabajo porque es el alma del negocio. Más bien hay que aumentarlo poco a poco con la mitad de las ganancias que nuestro esfuerzo vaya dando. Mi amigo, el productor copaneco Salomón Hernández va más allá de estos razonamientos. Para él, el mejor negocio es la familia porque nos motiva a trabajar con mayor empeño por su superación. Al final las ganancias serán: el bienestar del enjambre familiar. El mundo es de los audaces, si no nos arriesgamos para alcanzar el barco de las oportunidades, ni siquiera lo tocaremos. No pensemos que eso es un sacrificio para hacer dinero, sino una forma agradable de alcanzar nuestras metas disfrutando, a diario, lo que hacemos. No vamos a salir de la pobreza, si no es por nuestras propias iniciativas, no esperemos todo del gobierno como los activistas políticos que no trabajan por un ideal sino por una chamba burocrática.

“La pobreza está en la mente”, suele decir mi esposa Lourdes Alvarado, una incansable luchadora por el éxito, al referirse a personas que dedican más tiempo a lamentarse que a pensar qué hacer para resolver sus necesidades. Si ponemos al máximo nuestras capacidades también triunfaremos en el sector privado. Hay tres clases de empleados; el bueno que cumple todo lo que se le ordena, el flojo que no hace todo lo que le ordenan y el que está en la mira para un ascenso porque hace más de lo que le ordenan. En fin, nadie tiene culpa de nacer pobre, pero sí seremos culpables de llegar pobres a la vejez si no aprovechamos las oportunidades que da la vida.