Dos acontecimientos históricos rememoramos este 15 de septiembre: uno festivo, la emancipación política de Centroamérica en 1821 después de tres siglos de dominación española, y otro trágico ocurrido en 1842, como fue el asesinato de Francisco Morazán ejecutado por fuerzas oscurantistas en la plaza pública de San José, Costa Rica.
Con aquel fusilamiento infame, los conservadores no solamente aniquilaron físicamente al héroe, sino también el más grandioso intento de integración económica y política de Centroamérica. De haberse logrado ese anhelo, al sol de hoy las cinco parcelas de Centroamérica serían un puño apretado contra el colonialismo moderno.
En cuanto llega el noveno mes del año, las autoridades mandan a quitar el moho a las estatuas del egregio paladín, que dominan los parques y paseos públicos del país, porque se acerca el día de cubrirlas de arreglos florales que luego se marchitarán como el falso patriotismo que aflora en esta temporada.
Son bonitos los desfiles con sus redobles de tambores y los movimientos gráciles de despampanantes palillonas, pero el auténtico patriotismo debe demostrarse en cualquier época del año mediante acciones que dignifiquen a Honduras, tanto por parte del pueblo como de las autoridades que nos gobiernan.
Como ciudadanos hacemos patria si conocemos nuestra historia y permanecemos alerta para que los tiranos no vuelvan a masacrar a líderes que, al igual que Morazán, batallan por la grandeza del país. Demostramos patriotismo si ponemos en práctica los mensajes que se exhiben en esas marchas, a favor de la protección del medio ambiente o de la cultura autóctona de Honduras.
Muchos hondureños entienden mejor la patria hasta que están lejos de ella, sobre todo si han tenido que marcharse obligados por las circunstancias. Hacer patria desde el gobierno sería dignificar la labor que hacen los maestros para mostrar a las nuevas generaciones la senda luminosa del conocimiento, en el entendido que la educación es la base del desarrollo de los pueblos.
Los más de 19,000 docentes retirados esperan que el Inprema haga patria con ellos agilizando el proceso para acreditar los 60 meses de jubilación por sus años de labor. Reclaman, con justa razón, que los pagos se efectúen en el término de cinco años para tener en vida estos beneficios y atender su deteriorada condición física y otras necesidades inherentes a su edad.
No hay excusas para negarles ese derecho por cuanto la institución ha destinado, con ahorros de los afiliados, millones de lempiras a otras causas que no son las del magisterio. Nada más loable, en estas efemérides, que honrar a los apóstoles de la docencia quienes nos enseñaron a ponderar las luchas libertarias de próceres como Francisco Morazán.