24/09/2022
08:04 AM

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El santuario más íntimo

En 2014 tuve la oportunidad de estar en Taiwán durante una semana, y recuerdo que, de ese viaje, una de las cosas que más me dejó positivamente impresionado fue que, un día, caminando por una de las ajetreadas vías de Taipéi, contemplé como, en un par de cuadras, se sucedían tres lugares de culto diverso: un templo adventista del séptimo día, una iglesia católica romana y una mezquita. Y digo que me impresionó positivamente porque siempre he pensado, y estoy cada vez más convencido, que la libertad de consciencia, y, en concreto, la libertad de profesar unas ideas religiosas, es una de las máximas manifestaciones de una democracia y que el impedimento de la práctica de una fe, y no digamos la persecución en contra de sus miembros, es la muestra más clara de su deterioro. Porque cuando un ser humano se ve impedido de mostrar públicamente aquello que cree, ve inmediatamente coartada su libertad más íntima.

Ha sido rasgo común de los regímenes totalitarios la prohibición de una o varias creencias religiosas, la limitación de sus manifestaciones o la elevación de una sola a fe del Estado. Basta saber un poco de historia antigua o contemporánea para caer en cuenta de la veracidad de lo afirmado. Para los dictadores la libertad de conciencia y de religión constituye un peligro, porque, aunque es algo muy personal, luego tiene unas consecuencias en la conducta de los individuos y se corre el riesgo que esa conciencia los lleve a disentir del pensamiento oficial. Hace algunos meses, por ejemplo, el gobierno ruso prohibió la existencia y confiscó los bienes de los Testigos de Jehová, alegando, entre otras cosas, que algunos de sus planteamientos eran contrarios al sentimiento patriótico ruso. Claro, cada totalitarismo, en cada momento de la historia, ha esgrimido las excusas que ha querido para ejecutar sus planes siniestros en contra de la libertad de conciencia y religión.

La idea de Dios, las distintas maneras de darle culto, el derecho incluso a negar su existencia, es parte de la dinámica democrática, y, mientras una persona o un grupo no pretendan imponer por la fuerza su particular forma de concebir el mundo desde la óptica religiosa, deben tener la posibilidad, sin restricciones, de manifestarlas. Claro está que no estoy hablando de aquellas llamadas sectas que más bien someten a sus miembros a tratos degradantes o ponen en peligro su vida o atentan contra su dignidad, que también han existido y existen. La conciencia es el santuario más íntimo del ser humano y obligarlo a actuar en su contra es un atentado directo en contra de su libertad y de su dignidad.