16/04/2024
09:32 PM

El ladrón de galletas

Jibsam Melgares

Mientas esperaba en la terminal del aeropuerto para abordar su avión, una mujer estaba sentada leyendo el periódico.

Previamente, ella había comprado un paquete de galletas en la tienda del aeropuerto para comérselas después de haberse subido al avión. Por el rabillo del ojo, notó que el hombre que estaba sentado junto a ella se estaba comiendo una galleta. Miró hacia abajo y vio que su paquete de galletas había sido abierto y el hombre se las estaba comiendo.

La mujer no podía creer que el hombre tuviese tal atrevimiento como para comerse sus galletas. Así que para que el hombre no le quitase todas sus galletas, poco a poco se fue acercando, tomó una galleta, y se la comió ella misma.

Para su asombro, el hombre continuó comiéndose más galletas. Volviéndose cada vez más irritada, la mujer sacó todas excepto una de las galletas del paquete y se las comió. En ese momento, el hombre metió la mano y tomó la última galleta.

Antes de comérsela, sin embargo, rompió la galleta en dos y dejó la mitad de la galleta para la mujer. Esto hizo que la mujer se enfadara tanto que tomó el paquete vacío con la media galleta y lo metiera en su bolso. En ese momento, y para su asombro, notó que dentro de su bolso había un paquete de galletas sin abrir.

Como bien decía un autor, algunas veces cuando juzgamos o condenamos a otros, terminamos juzgándonos o condenándonos a nosotros mismos. ¿Alguna vez nos hemos precipitado en dar un juicio sobre otra persona? Al hacer eso, nos ponemos en una situación embarazosa ya que después nos toca reconocer que nos habíamos equivocado.

Por eso, el llamado es a verificar todos los hechos, a hacer preguntas, a escuchar cuidadosamente, y a dar a las personas el beneficio de la duda. Es en este contexto que toman más sentido las palabras de Jesús: “No juzguen a los demás, y no serán juzgados. No condenen a otros, para que no se vuelva en su contra” (Lucas 6.37, NTV).