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El gemelo de Bannon del pasado

  • Actualizado: 17 marzo 2017 /

Los ataques de Trump a la prensa libre, a la independencia del poder judicial y a la sociedad civil son erupciones del manual de Bannon.

Al igual que buena parte del mundo, yo he estado tratando de entender a Stephen Bannon, el principal estratega de Donald Trump y responsable del caos en que se ha convertido su extraña presidencia: un caos por designio.

Él ha sido llamado el operador político más peligroso en Estados Unidos, el segundo hombre más poderoso del mundo y el gran manipulador. Se dice que se ha comparado con Vladimir Lenin, el mortífero arquitecto de la Unión Soviética. Pero no por sus políticas sino por su objetivo de destruir al estado. En una rara entrevista que concedió el año pasado, Bannon mencionó a algunos de sus modelos.

“La oscuridad es buena”, declaró a The Hollywood Reporter. “Dick Cheney, Darth Vader. Satán. Eso es poder.” Ciertamente no podemos acusarlo de falta de ambición pero yo creo que mencionó esa lista de villanos estelares solo para desconcertar al enemigo. En esa misma entrevista, él hizo otra comparación, más acertada.

“Soy como Thomas Cromwell en la corte de los Tudor.”

Es bien sabido que Trump no lee; él solo mira Fox News, y después lanza tuits sobre algo que es incapaz de procesar. Pero Bannon es un lector voraz de filosofía, teoría y los momentos clave de la historia. Cromwell, que alteró el curso del mundo occidental de una forma que a la fecha seguimos sintiendo, era Steve Bannon con las galas emplumadas de los Tudor.

Para los irlandeses, el nombre de Cromwell todavía causa estremecimientos, pues es un nombre asociado con una ola de terror y matanzas en Irlanda. Pero ese fue Oliver Cromwell, pariente lejano de Thomas.

Los lectores de las novelas revisionistas de Hilary Mantel y los espectadores de la serie de la BBC basada en esa obra, saben que Thomas Cromwell fue un pensativo y brillante amo de la corte del rey Enrique VIII, de 1532 a 1540. El verdadero Cromwell fue un astuto conspirador que hizo añicos el viejo orden al servicio de un rey egoísta, que mandó matar a sus esposas y que impuso una religión disidente a sus súbditos.

¿O acaso estaba atendiendo a sus propias necesidades y tenía un plan más amplio? Esa es la pregunta que debemos hacernos respecto de Bannon. Como Cromwell, el que maneja los hilos de Trump en el Ala Oeste es brillante, astuto y lleno de contradicciones. Es miembro de la generación de la posguerra que se odia a sí mismo, miembro de la élite de la Escuela de Administración de Harvard y de Goldman Sachs que se odia a sí mismo, un director de Hollywood que se odia a sí mismo y un periodista que se odia a sí mismo. Con sus películas sobre Sarah Palin y por el tiempo que dirigió Breitbart, él aprendió a ser muy buen propagandista. Es un papel que le ha servido muy bien en la Casa Blanca.

El rey Enrique VII fue un personaje trumpiano: imperioso, vanaglorioso y encantador en su juventud que se convirtió en un hombre obeso y perezoso. Enrique se casó seis veces y dos de sus esposas fueron ejecutadas. Bannon y Trump, en conjunto, han tenido seis mujeres.

Cromwell fue conocido por dos razones. La primera, por orquestar la anulación del matrimonio del rey con la esposa de toda su vida, Catalina de Aragón, para que Enrique pudiera casarse con su amante. Cuando la Iglesia Católica no le quiso conceder el divorcio, Enrique se declaró cabeza suprema de una Iglesia de Inglaterra renegada.

La otra gran iniciativa de Cromwell fue ver que la iglesia fundada por un asesino en serie barriera con el viejo orden. Él fue el responsable de la destrucción de monasterios y capillas llenas de reliquias, transfiriendo su riqueza a la corona. Los monjes que se negaron a jurar fidelidad a Enrique fueron asesinados. Las evocadoras y hermosas ruinas del monasterio benedictino de Canterbury, fundado en 598, son un resultado indirecto de las acciones de Cromwell. Y el papel actual del monarca británico como cabeza de la Iglesia de Inglaterra es otro legado que data de tiempos de Enrique VIII.

Bannon está cerca de los católicos conservadores a quienes no les agrada la inclinación progresista del papa Francisco. Están en favor de un enfrentamiento directo con el islam, en lugar de la apertura sincera del papa.

Cambiar a Roma va a ser cosa de sudar la gota gorda. Pero en otras partes, Bannon ha estado ocupado tratando de destruir el orden existente. Los ataques de Trump a la prensa libre, a la independencia del poder judicial y a la sociedad civil son erupciones del manual de Bannon. La acusación infundada de que Obama intervino las comunicaciones en la torre Trump tiene todo el olor de la pólvora de Bannon.

Bannon ha encomiado a Joseph McCarthy, que fue censurado por el Senado por la cacería de brujas que desató en los años cincuenta. En 2010, Bannon declaró: “Lo que necesitamos hacer es darle una cachetada al Partido Republicano.” La maniobra de hacer que mujeres del pasado de Bill Clinton asistieran al debate presidencial el año pasado pue una jugada de Bannon en su más pura expresión.

Como principal estratega, Bannon recientemente prometió una lucha diaria “para desconstruir el estado administrativo”. Esta es una tarea cromwelliana dirigida no solo a trastocar el funcionamiento tradicional del gobierno federal, sino también el orden actual de tratados internacionales, pactos comerciales y alianzas que ha mantenido al mundo relativamente a salvo desde el fin de la segunda guerra mundial. El gabinete de Trump está formado por personas cuyo objetivo es desmontar la dependencia que encabezan.

Pero antes de que se engolosine con el poder, Bannon debe recordar lo que le ocurrió a su gemelo del pasado. Enrique VIII le dio la espalda. Thomas Cromwell fue ejecutado en 1540, sin juicio, y su cabeza cortada fue expuesta en una pica en el puente de Londres.