Siempre he sentido una atracción particular por los aeropuertos, de niño mis padres viajaban con frecuencia por negocios y trabajo. Perdí la cuenta de las veces que mis hermanos y yo fuimos a despedirlos o a recibirlos al pequeño aeropuerto de mi ciudad. Lo cierto es que para mí, el simple hecho de ir a este sitio era algo emocionante, aunque no sabía explicar ¿por qué? Pero hoy lo sé.

Los aeropuertos son lugares en donde puedes observar al mismo tiempo lágrimas de alegría o de tristeza, gritos de emoción y algarabía, miradas llenas de ilusión y sueños, o rostros nostálgicos que les cuesta dejar atrás algo o a alguien. Lo más bonito del aeropuerto es la gente que viaja. He regresado ayer a España, durante el periplo al transitar por tres diferentes aeropuertos, y ver a tantas personas viajando, he reflexionado sobre el hecho de que a todos nos tocará un día despegar desde el “aeropuerto de la vida” y que el viaje que emprenderemos será uno sin retorno, aunque no sin destino.

Tres ideas nos pueden ayudar a enriquecer esta metáfora: 1) En este aeropuerto las despedidas pueden ser cortas o largas, dolorosas o serenas, pueden producirse o simplemente no existir, debido a que nadie llegó a tiempo a decirnos adiós. De aquí la urgente necesidad de recordar lo crucial que es disfrutar y aprovechar al máximo el tiempo con los nuestros, y dejar así de desperdiciar los buenos momentos en discusiones, afanes o rencores. 2) No se necesita maleta para viajar. Es famosa la frase del papa Francisco de que él “nunca ha visto un camión de mudanza, detrás de un carro fúnebre”. Ser conscientes de que no nos llevaremos nada cuando despeguemos, debe ayudarnos a priorizar en la vida para evitar caer en aquellos extremos y excesos que nos distraen de lo realmente valioso, y que terminan malgastando nuestra energía, vida y salud.

Como dice Mt 6,19 : “No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben”. 3) Únicamente hay dos destinos posibles, la salvación o la condenación. Pues, así como es cierto que la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven, esto no implica que todos llegaremos necesariamente a la salvación, porque existe el poder del rechazo que nos otorga el hecho de ser libres.

De aquí que solo se salva aquel que acepta ser salvado. Mantener fresca esta verdad de fe ayuda a la vigilancia para que llegado el momento podamos despegar desde nuestro aeropuerto con gozo, paz e incluso ilusión en el último vuelo.