En las sociedades avanzadas, los cambios tecnológicos se desarrollan e implementan gradualmente tal como se van generando. La población, empresas e instituciones participan en su desarrollo e implementación. Esto permite dos cosas: familiaridad y control.

La familiaridad es producto de conocer los principios, el origen y el historial de lo que se está implementando. Son sus propios miembros quienes investigan, inventan, implementan y dirigen las diferentes fases del proceso. Este va acompañado de un amplio conocimiento diseminado entre la gente sobre la teoría, los avances y los desafíos o beneficios del proceso. Los resultados luego enriquecen y se vuelven parte de la masa de conocimiento.

El control es un concepto que opera de forma similar, pero es más sigiloso en su operación. Estas sociedades pueden participar activamente en regular y definir las prioridades del cambio. Sus miembros son quienes poseen la propiedad intelectual, construyendo las empresas que desarrollan y dan los servicios. Esto asegura que los beneficios lleguen no solo a los consumidores, sino también al resto de la economía.

En una implementación orgánica se fortalece la investigación académica, el sector industrial, las corporaciones, la capacidad de dar servicios y la acumulación de riqueza. Esto es resultado de los beneficios propios y el producto de vender el beneficio a otros.

En casos de sociedades como las nuestras (pequeñas y subdesarrolladas) se dan los fenómenos opuestos: la sorpresa, la inseguridad y la dependencia. A lo largo de nuestra historia, cambios en la forma de cómo hacer las cosas producto de los avances nos han sorprendido. La falta de conocimiento y previsión (a nivel estado, empresa, individual, todo es complementario) nos han dejado a la deriva.