Los maestros de las décadas de oro del siglo XX eran apóstoles de la educación, con una vocación innata al servicio del sistema de enseñanza y aprendizaje.

Desde que entraban a la escuela se sentía la presencia de cariño, alegría y respeto mutuo. Los menores, especialmente los de primeros grados, salían corriendo a encontrarlos abrazándoles las piernas y haciendo tambalear a su maestro o maestra.

En esos dorados tiempos los escolares los sentían y los miraban como a sus padres, pues la escuela era tomada como el segundo hogar, donde inculcaban los principios y valores morales de las buenas costumbres.

El saludo cordial y respetuoso de los docentes al entrar y salir de las aulas era respondido por un grito en coro por esas vocecitas de ¡buenos días profesor o profesora!

Los castigos de diversos tipos mantenían el control para evitar la mala conducta, entre ellos hincados el tiempo necesario de acuerdo con la falta cometida y mantener una silla en la cabeza, sin recreo. Los reglazos eran comunes.

En algunos casos los maestros mandaban a llamar a los padres de familia para notificar alguna irregularidad y estos agradecían de que sus hijos fueran corregidos.

El escolar en la mayoría de los casos guardaba en secreto algún castigo recibido en la escuela, porque sabía que después de poner la queja en el hogar, venía de complemento el castigo de los padres.

En el siglo XXI todo se transformó, pues la mayoría de los escolares y padres de familia se han confabulado para denunciar al profesor, que dejaron de ser los segundos padres y la escuela dejó de ser el segundo hogar.

Y desde el año 2020 hasta la actualidad, la comunicación presencial del maestro y el escolar pasó al WhatsApp en un país llamado Honduras.