24/11/2025
10:23 PM

De amicitia

Roger Martínez

Hace ya varios años dediqué una columna, bajo este mismo nombre, a esa experiencia extraordinariamente satisfactoria que es la amistad. El título lo he tomado prestado de Cicerón, quien, hace poco más de dos mil años, escribió un tratado sobre el asunto y lo llamó de la misma manera.

En esta época del año solemos encontrarnos con personas a las que no frecuentamos con tanta asiduidad como quisiéramos. El can-can de la vida nos obliga a un frenesí imparable que impide que estemos cerca de gente a la que tenemos auténtico cariño, por demás, correspondido. Y no solo se trata de la familia de sangre o de la política, sino, también, de aquella gente con la que coincidimos en algún tramo de nuestra andadura por la vida y con la que llegamos a compartir puntos de vista, ideas, gustos o aficiones; hombres o mujeres con los que llegamos a desarrollar una suerte de fraternidad espiritual y con la que luego hemos compartido dolores y alegrías, gozos y tristezas, lágrimas y risas; personas a las que, incluso, dejamos de ver durante meses o años; pero que ocupan, sin lugar a dudas, un pedacito, como dirían los románticos, de nuestro corazón.

Yo he tenido la bendita suerte de contar con la cantidad suficiente de amigos como para saberme tremendamente afortunado. Y aunque mis dos mejores amigos de la infancia y adolescencia ya duermen el sueño de los justos; murieron cuando aún eran muy jóvenes, luego, durante mis estudios universitarios y en los lugares en los que me he desempeñado profesionalmente, he conocido gente con la que he podido establecer una comunión tal que, aunque después hayamos tomado distintas direcciones en el plano laboral e incluso hayamos dejado de compartir plenamente una visión del mundo y de sus cosas, no por eso hemos dejado de querernos. Lo último porque una de las virtudes que alimenta una relación de amistad es, sin duda, el respeto.

Así, recuerdo, por ejemplo, como cuando estaba lejos de mi casa y no andaba bien de salud, uno de estos incondicionales, que así son los verdaderos amigos, me acompañó al doctor y, otro, en esa misma temporada, se encargó de buscar y colocar las “vías” del carro de mi esposa que un ladrón había robado mientras estaba estacionada en una calle de Tegucigalpa. Tampoco olvido que cuando falleció mi padre no faltaron los que se movilizaron hasta Juticalpa y me prestaron su hombro para que yo pudiera purgar mi dolor. Y como no podemos tener certeza de cuándo terminará nuestro viaje revestidos en esta carne mortal, debemos aprovechar estos días para disfrutar de los cálidos abrazos y las sabrosas conversaciones que solo con los amigos se pueden obtener.