28/05/2024
12:55 AM

Cuando faltan motivos

Elisa M. Pineda

Estaba sola y enferma. La tos y la fiebre no me permitían dormir. Tal vez una taza de té podría haber ayudado, pero tenía un pequeño problema: no había quién lo hiciera y el malestar era tan grande, que la distancia entre la cama y la cocina parecía enorme. El trabajo me había llevado a estar muy lejos de los míos.

Mejor hacer una llamada a personas queridas y lejanas, eso siempre tiene la cualidad de dar calor al alma, cuando creemos que se enfría.

A muchísimos kilómetros de distancia, una voz cálida logró iluminar aquella noche. Era mamá, que terminó aquel breve saludo de Navidad con un “mañana te sentirás mejor” que logró su efecto.

Ese es el recuerdo añoso de uno de los momentos más duros que me ha tocado vivir en Nochebuena, pero quizás de los que más lecciones me ha dejado a lo largo de casi medio siglo de vida.

No fue algo material lo que le dio sentido a aquella noche, sino algo mucho más valioso, que era la certeza de sentirme querida y acompañada, a pesar de estar en otro país.

La época de Navidad y Año Nuevo no es siempre una fiesta para todos; hay quienes tienen grandes carencias, algunas son materiales y otras espirituales.

Unas más evidentes que otras, porque la escasez de lo tangible es fácilmente identificable, mientras que las espirituales suelen ocultarse detrás de una sonrisa ensayada, de ausencia para enmascarar la tristeza o de amargura contagiosa.

La pérdida de lo que en algún momento se tuvo y ya no está, que puede abarcar desde las personas, el empleo y las posesiones, o simplemente el enfoque desmedido en lo que pudo haber sido y nunca fue, pueden drenar la alegría y la paz que nos parecen propios de esta época.

El motivo más importante de la celebración es el nacimiento de Dios hecho hombre, para darnos el regalo de la redención y de la vida después de la muerte terrenal, pero a veces no es tan perceptible para quienes se encuentran en estados de soledad y duelo, que sucede cuando hay una pérdida.

La atención a lo que nos rodea y en quienes podemos tener un impacto es fundamental. La celebración de Navidad trae consigo la invitación a estar alerta ante las necesidades de los demás.

Muchas veces se requiere tan solo un poco de comunicación, de escucha activa, de acompañamiento, para hacer la diferencia en la vida de los demás.

Que en medio del ruido de la época busquemos ser voceros de la Navidad para quienes más lo necesitan, que el disfrute no relegue la posibilidad de conectar con otras personas, especialmente quienes se encuentran pasando por circunstancias difíciles.

Pasar por carencias, especialmente las afectivas, nos hace valorar más lo que no puede comprar el dinero. Aquella noche, hace ya tanto tiempo, habría dado cualquier cosa por estar en mi hogar, pero descubrí que mi hogar puede ser cualquier lugar donde haya atención y amor, aún a la distancia. Que nunca nos falten motivos para agradecer y desear ¡feliz Navidad!

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