El padre Ignacio Ellacuría, asesinado por los militares salvadoreños durante la guerra civil de los ochenta, escribió que “aunque hondureños y salvadoreños son los más parecidos, tienen dificultades para entenderse”.

Mientras ellos temen por una supuesta conducta imperialista hondureña, nosotros desconfiamos de su interés por ocupar partes de territorio nacional.

Hace algunos años me tocó realizar una consultoría para pescadores centroamericanos. En la visita a El Salvador nos reunimos en el puerto de El Triunfo con cerca de doscientos pescadores. En las primeras horas de la noche llegó el ministro de Agricultura.

En su discurso se refirió a la importancia de la actividad, las posibilidades del Golfo de Fonseca y las precauciones que se debían mantener ante las agresiones hondureñas y las intenciones de sus Fuerzas Armadas por ocupar las islas que eran de El Salvador.

En un momento me descubrió y se sobresaltó. Y para quitarle hierro a la cuestión me volvió a ver y dijo: “Espero que usted, antes que hondureño, mantenga su profesionalismo y no divulgue mis palabras”.

Como de ello hace más de 30 años, ahora lo hago ante la visita del hermano del presidente Bukele y las “carreritas” nerviosas del canciller Reina y del secretario privado de la titular nominal del Ejecutivo, Xiomara Castro.

Inmediatamente que Nayib Bukele Ortez ganara las elecciones, uno de sus tíos, Miguel Kattán, viajó a San Pedro Sula para establecer negociaciones e invertir en Honduras.

Por alguna razón, que no conozco, pero que investigaré, los empresarios hondureños, especialmente los de origen palestino, le cerraron la puerta, en algunos casos, de manera directa. Ello hizo que Miguel Kattán, actualmente asesor económico de su sobrino, el presidente Bukele, haya empujado una campaña en contra de Honduras, especialmente contra los inversionistas nacionales.

Por eso, Bukele nunca ha visitado Honduras e, incluso, no atendió la invitación para concurrir a la toma de posesión de la presidenta Castro. Y ni siquiera su canciller nos ha visitado, cuando nosotros y ellos somos “aliados” y vecinos inevitables. Ahora, el intento lo hace Ibrahim, el hermano de Bukele. Y este, en vez de hablar con empresarios, centra su estrategia para invertir en Honduras negociando preferentemente con el Gobierno y la familia Zelaya. Con lo que no hay que descartar que las inversiones que se hagan sean en el sector agropecuario y en Olancho, específicamente en Catacamas, que tiene un aeropuerto en desarrollo desde los tiempos de la contrarrevolución antisandinista.

Bukele confía más en Mel que en los anteriores gobernantes. A JOH lo hizo víctima de sus invectivas, nunca hablaron por teléfono siquiera. Tan malas relaciones ya se habían dado durante los gobiernos de Francisco Flores y Carlos Flores, que en el año 2000 estuvimos a punto de enfrentarnos militarmente. Ahora, sin que las inversiones de los Bukele—Kattán nos hagan perder la perspectiva, no hay que quitarles la vista a los esfuerzos de Bukele para mejorar el equipo militar salvadoreño, que no lo usará para su lucha en contra de las maras y las pandillas, sino que en contra de Honduras en algún momento.

No es accidental que Bukele no se haya adherido al tratado Ortega—Hernández, que nos permite definir derechos en la bocana del Golfo de Fonseca y la explotación del océano Pacífico. El unionismo de Zelaya Rosales más bien parece la búsqueda de un eje de los países del norte de la región para enfrentar a los Estados Unidos.

Que Bukele puede disfrazar de inversiones que hagan a correr nervioso al canciller Reina y al hijo de doña Xiomara es posible; pero no nos engañará.

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