09/01/2026
07:30 AM

Ayudando a comprender el mensaje

Salomón Melgares Jr.

Déjeme contarle un poco sobre la comunidad de creyentes de Corinto (ciudad griega del tiempo bíblico). Esta comunidad nació alrededor del año 50 d.C. después de escuchar las enseñanzas de Pablo. “Siempre le doy gracias a Dios por ustedes —escribe—. Dios fue bueno y les dio a Jesucristo, y además los ayudó a que comprendieran su mensaje... Por eso, mientras esperan que Jesucristo vuelva, no les faltará ninguna bendición de Dios. De ese modo no dejarán de confiar en él y, cuando Jesús llegue, nadie los acusará de haber hecho algo malo.

Dios los eligió a ustedes para que compartan todo con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, y él siempre cumple su palabra” (1 Corintios 1:4-9, TLA).

Sin embargo, llegó un punto en el que esta comunidad se estaba caracterizando por la desunión, el abuso de la libertad, la autoexaltación, la inmoralidad y la discusión (cualquier parecido con la realidad actual de la iglesia es pura coincidencia). ¿Cuál era la raíz del problema? El orgullo. ¿De dónde surgían todas esas características opuestas a la sentencia de Pablo “nadie los acusará de haber hecho algo malo? De la arrogancia asociada con el orgullo.

La situación en la que introducen estas palabras se halla caracterizada con la mayor claridad: todos podemos caer en esta trampa si pensamos más alto de sí que lo que debemos pensar. Cualquier instancia puede producir orgullo. Incluso aquellas instancias inofensivas pueden hacerlo si éstas nos llevan a pensar desproporcionadamente de nosotros mismos.

Por eso tienen vigencia las palabras de Pablo cuando dice: “...ante Dios, nadie tiene de qué sentirse orgulloso. [A toda persona que cree en Jesús] Dios la ha unido con Él, y gracias a esa unión ahora son sabias. Dios las ha aceptado como parte de su pueblo, y han recibido la vida eterna.

Por lo tanto, como dice la Biblia, si alguien quiere sentirse orgulloso de algo, que se sienta orgulloso de Jesucristo, el Señor” (1 Corintios 1:29-31, TLA, paráfrasis mía).