En estas últimas semanas, en las que se han mezclado en danza rocambolesca la tragedia y el sainete, los hondureños hemos podido asistir a un espectáculo único, algo así como una especie de streap tease ético de una parte importante de la mal llamada “clase política”, especialmente aquella integrada por los diputados al Congreso Nacional, que está justo a punto de inaugurar la nueva legislatura que da inicio al periodo gubernamental de la presidente recién electa Xiomara Castro.

Sin tapujos de ninguna clase ni discreción prudente, muchos de esos caballeritos y damiselas empolvadas han mostrado el cobre, pidiendo o recibiendo retribuciones económicas (pronto pago de recibos morosos por consumo de energía eléctrica, vehículos de lujo, marca Prado si fuera posible; sumas cuantiosas de dineros, en dólares sería preferible... en fin) a cambio de sus votos para elegir la nueva Junta Directiva, especialmente al presidente del Poder Legislativo.

Entre patético e hilarante, el espectáculo también ha sido deplorable y decepcionante. No es la primera vez que acontece, pero no esperábamos que sucediera ahora, precisamente cuando vamos a inaugurar lo que creíamos sería una nueva fase en la historia política moderna de Honduras, con actores renovados mentalmente y dispuestos a acompañar al Poder Ejecutivo en la inmensa tarea de limpiar la casa y devolver a Honduras su condición de República.

Entendemos que el poder suele actuar como si fuera una droga alucinante, que marea y confunde, sobre todo cuando se padece del “pensamiento ilusorio”, el mismo que nos hace creer que tomamos el poder cuando apenas hemos ganado el control del gobierno. Triste puede ser el destino de quien padece esa confusión de imágenes y sucumbe sin remedio ante una obnubilación semejante.

El grupo de diputados afiliados al partido Libertad y Refundación (LIBRE) que acaban de ser expulsados de las filas partidarias, han manchado para siempre la hoja de vida de su corta carrera política. Repudiados por la militancia y rechazados por sus propios colegas, lo más seguro es que, si no rectifican a tiempo, seguirán cometiendo errores y enterrando futuras aspiraciones tanto en el escenario legislativo, en particular, como en el político en general. Un error atrae al otro y exige su cobertura siguiente (negarse a asistir a la reunión en la sede oficial del Congreso Nacional, fue un primer error; luego vino otro fatal: reunirse en forma paralela e invitar a dos conocidos cabecillas del Partido Nacional a conspirar contra sus propios colegas de LIBRE; finalmente, como si fuera poco, participaron en ese sainete de asamblea celebrado en un balneario para revestir supuestamente de dudosa legalidad el espectáculo de streap tease moral que estaban escenificando ante el país entero...). Una cadena de equivocaciones que refleja escasa habilidad política y sobrada prepotencia.

Una oenegé que hace monitoreo de la actividad legislativa dio cuenta en un reciente informe que, del total de diputados electos o reelectos recientemente, al menos 76 de ellos son “debutantes”, es decir que llegan a ocupar curules congresales por primera vez. No se les puede pedir mucho en materia de técnicas legislativas, pero se les debe exigir menos contaminación con las prácticas tradicionales de la corrupción. Algunos de ellos, pocos por cierto, pertenecen a la generación de los autollamados “milenials”, ese grupo etario que, se supone, domina las nuevas tecnologías y maneja con destreza las autopistas de la información.

Entre los casi dos decenas de diputados que traicionaron a su partido y, por eso mismo, merecieron el repudio y la expulsión, seguramente hay más de algún despistado que no supo hacer la lectura correcta a tiempo de la coyuntura política en la que quedó inmerso. Esos todavía podrían estar a tiempo de rectificar. Pero hay otros, que ya tienen sobrado colmillo y conocen perfectamente “en donde invernan los cangrejos”, que sabían muy bien lo que estaban haciendo y los daños que podían causar a la sana gobernabilidad del Parlamento y a la necesaria estabilidad del nuevo gobierno. Esos están bien sancionados.