Vivimos en una época en la que existe un marcado interés de las personas por ser protagonistas, por estar vigentes a punta de ideas novedosas, frescas y constantes, casi en cualquier ámbito. Estamos inmersos en una carrera por parecer –más allá de ser- los más exitosos, los mejores, los más vanguardistas, los más felices.
Como todo en la vida, una dosis de ese afán por ser titulares y no estar en la banca en el partido de la vida, es buena en la medida en la que nos impulsa a ser cada día una mejor versión de nosotros mismos, a hacer a un lado el conformismo y luchar por nuestros sueños; pero en exceso puede ser perjudicial. Particularmente me inquieta observar que aquella frase clásica que dice “el éxito tiene muchos padres y el fracaso es huérfano” se hace tan evidente.
Cuando una idea, un proyecto o una persona en sí misma se convierte en exitoso, abunda la compañía y quienes deseen compartir créditos, muchas veces inexistentes en aquello que merece elogios. En cambio, en los momentos más difíciles cuando hay que preparar el terreno, para sembrar antes de cosechar, allí la participación activa y las palabras de motivación escasean.
Ese ha sido siempre nuestro mundo, hoy amplificado gracias a las facilidades de comunicación. Eso es visible no solamente cuando el Gobierno inaugura una obra en la que todos quieren un espacio en la foto del recuerdo, sino en la vida cotidiana, tanto en la personal como en la profesional.
Hace poco en redes sociales leí un mensaje que es posible aplicar perfectamente a nuestra realidad, algo que decía más o menos así: “Se ha puesto de moda aprender a soltar, pero hemos olvidado sostener, reparar, cuidar, amar y no salir huyendo cuando todo se complica”. Hemos olvidado que detrás de los proyectos y de las personas que nos parecen exitosas hay por lo general una historia de esfuerzo, dedicación y también de complicaciones. Cuidar, reparar y amar son verbos que deberíamos conjugar con más frecuencia.
Nos embelesamos con la palabra éxito, nos incomoda que requiera trabajo. Queremos algo que guste rápido, una idea genial y original que signifique un golpe de suerte, que nos haga ser admirados.
Ejemplos de ello hay muchos, sobre todo entre los jóvenes, quienes caen más fácilmente en esa carrera absurda por demostrar, sin que eso vaya necesariamente ligado con el ser. Más allá de la carrera a la que nos hemos sometido como sociedad, de estar continuamente haciendo borrón y cuenta nueva para presentar nuevos proyectos de cualquier índole, empecemos por dar continuidad a aquellas buenas ideas previas que a pesar de no ser propias merecen seguimiento y seamos agradecidos con quienes las idearon.
Admitámoslo: nos gustan los efectos inmediatos, lo del mediano y largo plazo no es tan interesante. Vivimos con plazos cada vez más cortos, queremos cambios de fondo, lograr grandes transformaciones en cuestión de días. Nos encantan las estadísticas, nos preocupan los indicadores, como los del incremento de turismo en Semana Santa, con cifras tan asombrosamente detalladas, para un país en el que escasean los datos fidedignos sobre temas fundamentales para el desarrollo del país, como ya han señalado varios analistas.
El riesgo del afán de protagonismo desmedido de nuestra época nos hace presos de las percepciones, las sobredimensiona y nos hace olvidar que para lograr cambios sustanciales, permanentes en el tiempo, hace falta trabajar en el mundo real, no solamente en el de la imagen.
Aplica tanto para el país, como para el mundo propio de cada uno, del suyo y del mío, de ese que urge de verdaderos cambios, de lo sustancial.
Como todo en la vida, una dosis de ese afán por ser titulares y no estar en la banca en el partido de la vida, es buena en la medida en la que nos impulsa a ser cada día una mejor versión de nosotros mismos, a hacer a un lado el conformismo y luchar por nuestros sueños; pero en exceso puede ser perjudicial. Particularmente me inquieta observar que aquella frase clásica que dice “el éxito tiene muchos padres y el fracaso es huérfano” se hace tan evidente.
Cuando una idea, un proyecto o una persona en sí misma se convierte en exitoso, abunda la compañía y quienes deseen compartir créditos, muchas veces inexistentes en aquello que merece elogios. En cambio, en los momentos más difíciles cuando hay que preparar el terreno, para sembrar antes de cosechar, allí la participación activa y las palabras de motivación escasean.
Ese ha sido siempre nuestro mundo, hoy amplificado gracias a las facilidades de comunicación. Eso es visible no solamente cuando el Gobierno inaugura una obra en la que todos quieren un espacio en la foto del recuerdo, sino en la vida cotidiana, tanto en la personal como en la profesional.
Hace poco en redes sociales leí un mensaje que es posible aplicar perfectamente a nuestra realidad, algo que decía más o menos así: “Se ha puesto de moda aprender a soltar, pero hemos olvidado sostener, reparar, cuidar, amar y no salir huyendo cuando todo se complica”. Hemos olvidado que detrás de los proyectos y de las personas que nos parecen exitosas hay por lo general una historia de esfuerzo, dedicación y también de complicaciones. Cuidar, reparar y amar son verbos que deberíamos conjugar con más frecuencia.
Nos embelesamos con la palabra éxito, nos incomoda que requiera trabajo. Queremos algo que guste rápido, una idea genial y original que signifique un golpe de suerte, que nos haga ser admirados.
Ejemplos de ello hay muchos, sobre todo entre los jóvenes, quienes caen más fácilmente en esa carrera absurda por demostrar, sin que eso vaya necesariamente ligado con el ser. Más allá de la carrera a la que nos hemos sometido como sociedad, de estar continuamente haciendo borrón y cuenta nueva para presentar nuevos proyectos de cualquier índole, empecemos por dar continuidad a aquellas buenas ideas previas que a pesar de no ser propias merecen seguimiento y seamos agradecidos con quienes las idearon.
Admitámoslo: nos gustan los efectos inmediatos, lo del mediano y largo plazo no es tan interesante. Vivimos con plazos cada vez más cortos, queremos cambios de fondo, lograr grandes transformaciones en cuestión de días. Nos encantan las estadísticas, nos preocupan los indicadores, como los del incremento de turismo en Semana Santa, con cifras tan asombrosamente detalladas, para un país en el que escasean los datos fidedignos sobre temas fundamentales para el desarrollo del país, como ya han señalado varios analistas.
El riesgo del afán de protagonismo desmedido de nuestra época nos hace presos de las percepciones, las sobredimensiona y nos hace olvidar que para lograr cambios sustanciales, permanentes en el tiempo, hace falta trabajar en el mundo real, no solamente en el de la imagen.
Aplica tanto para el país, como para el mundo propio de cada uno, del suyo y del mío, de ese que urge de verdaderos cambios, de lo sustancial.