La palabra “adventus” en latín quiere decir llegada o venida.

En el lenguaje cristiano y litúrgico, “el adviento” es el tiempo fuerte previo a la celebración de la Navidad, en el que los cristianos celebramos de manera ritual la proximidad de la llegada del salvador, nuestro Señor Jesucristo.

Se trata de un memorial vívido de su primera venida, hace más de 2,000 años (cfr. Mt 1, 18-23;2, 4-6; Lc 2,4-7), realizado con gratitud y gozo, que nos prepara y nos anima para esperar su segunda venida (JN 14, 1-3).

Toda nuestra historia, la del mundo y la propia, camina hacia un único destino, la instauración del Reino de Dios.

Benedicto XVI recuerda que “entre estas dos venidas hay una tercera, que San Bernardo llama “intermedia” y “oculta” y “se realiza en el alma de los creyentes” como en una especie de “puente” entre la primera y la última.

“En la primera —escribe San Bernardo—, Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en esta es nuestro descanso y nuestro consuelo”.

El tiempo fuerte del Adviento quiere resaltar esa espera esperanzadora y consoladora de Dios que el mundo necesita, aunque no lo reconozca y que incluso a veces asfixia y desvía en otras direcciones y distracciones.

Por eso la Iglesia, como pueblo de Dios y anticipo del Reino definitivo, tiene la responsabilidad de volverse signo e instrumento eficaz también de esta espera de Dios.

De aquí que el Adviento se convierta en una oportunidad sin igual para tomar conciencia de la responsabilidad que la comunidad cristiana tiene en el mundo, de ser catalizadores de la venida del Reino de Dios.

En primer lugar, mediante la oración, en segundo lugar por el anuncio de la Palabra de Dios, y por último sobre todos a través de las “buenas obras”, ayudando a la humanidad a encontrarse con el Señor que ya vino, que vendrá y que sigue viniendo.

Por medio de las manos solidarias, de la palabra de consuelo, y de los gestos de amor concreto, de aquellos que se dicen sus discípulos.

Por eso el día de Navidad, que es la desembocadura de este tiempo de gracia, la Iglesia proclamará, escuchará y recordará la letanía angélica que anuncio el nacimiento del Salvador: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace” (Cfr. Lc 1,24).

Porque el Adviento no es tiempo solo de encender las velas de una corona de follaje, decorar el arbolito, instalar el pesebre, o preparar los regalos.

Los verdaderos cristianos hemos de vivirlo como un tiempo propicio para entrar en comunión con todos aquellos que quieren vivir y sobre todo construir un mundo más justo y fraterno”, entre “creyentes y no creyentes”, ya que todos “cosechan el mismo deseo, aunque por diferentes motivos, de un futuro de justicia y paz”.