28/09/2022
01:34 AM

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¿A los niños, ni con el pétalo de una rosa?

No es, para mi criterio, nada edificante exhibir a una maestra mayor por parte de la policía, conducida, detenida y acusada de amenazas a un alumno en una escuela, denunciada con la prueba de un video tomado con el teléfono por uno de los alumnos.

Este asunto debe ser discutido con mucha altura en las circunstancias del elevado nivel de la delincuencia y la criminalidad en Honduras, que además de ser generada por la miseria en que se debate gran parte de los hondureños, también es causada por el ablandamiento de la disciplina en las escuelas, en donde los niños se creen intocables y rechazan, motivados por esa creencia, todo intento para imponer la disciplina por parte de los maestros.

Al inicio de mi vida laboral trabajé como maestro en la escuela Esteban Guardiola de La Lima Nueva, escuela que formaba parte del complejo escolar a cargo de la United Fruit Co. y que era dirigido por el sabio maestro don Ibrahím Gamero Idiáquez.

En esa escuela era permitido castigar a los alumnos mediante un reglazo en las nalgas, y a pesar de que en el centro escolar se atendían más de mil niños de primaria, reinaba en ella un absoluto respeto por parte de los alumnos a la disciplina escolar. Las circunstancias hogareñas de gran parte de los alumnos eras preocupantes.

A mí, a la edad de 17 años, me tocó atender un grupo de chicos con múltiples repitencias que procedían de hogares en donde había padres y madres presos acusados de asesinato o de otros delitos. Muchos tenían mi edad y no era fácil enfrentarse a ellos porque algunos mostraban una actitud amenazante y torva. Mi estrategia fue ganármelos ofreciéndoles amistad. Recuerdo una vez en que hicimos la clase encaramados en un árbol de guanacaste que había en el patio de la escuela o mediante excursiones y la organización de un equipo de béisbol con el cual se viajaba, gracias a la posibilidad de ir en el tren que ofrecía la compañía.

Pero hubo circunstancias en que hubo que acudir a la regla. Lo evidente era que los alumnos de la escuela Esteban Guardiola tenían una preparación superior a los estudiantes de las escuelas públicas que funcionaban en la otra ribera del río, en Lima Vieja, a tal grado que un niño de cuarto grado podía equipararse con los conocimientos de uno del sexto grado de la escuela pública. Los chicos de mi grado todos fueron aprobados y se entusiasmaron con la lectura. Los padres, en vez de recriminarme por las medidas disciplinarias que se les aplicaron a sus hijos, me felicitaron y se sintieron muy alegres de haber visto a sus hijos avanzar en su formación escolar. En no pocas veces me tiraron de la oreja o me dieron mi reglazo y vi a varios compañeritos sometidos a esas medidas. Eso nos enseñó qué hacer y qué no por ser inadecuado. Teníamos un respeto inmenso a los profesores que nos mostraban una dignidad enorme.

Éramos, los niños, los encargados de mantener limpia y barrida nuestras aulas y los sanitarios como parte de la formación. Cuando nuestros padres se enteraban de que nos habían castigado en la escuela nos volvían a castigar en el hogar, así que aprendimos que el buen comportamiento nos libraba de reprimendas y crecimos con ese saludable temor.

Recuerdo haber leído que en la Unión Soviética, a principios de la revolución, inundaron el país con unos carteles con la inscripción: “A los niños, ni con el pétalo de una rosa”. Al poco tiempo los niños estaban desatados y no había forma de domarlos, entonces el Estado se hizo el disimulado y los maestros volvieron a hacerles entrar en razón hasta que los disciplinaron mediante la imposición de castigos. Nadie piense que estoy abogando por volver a los castigos denigrantes que muchos profesores realizaban, pero sí a que el rigor de los maestros hacia los alumnos aumente y que se restablezca la cooperación maestros-padres, porque, en estas circunstancias en que los maestros están arrinconados por sus alumnos, llegará el momento en que los profesores se harán los desentendidos y dejarán hacer y dejar pasar con el consiguiente repunte de chicos que crecerán libertinos incapaces de someterse a las reglas de la convivencia social.

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